martes, 8 de enero de 2019

Diane

Habían pasado ya varias semanas desde que Diane y sus hermanos fueron a visitar el circo en los primeros días tras su llegada y asentamiento en Nueva Orleans. Se podía decir que aquello era costumbre, puesto que desde la primera aparición de un circo y su espectáculo en la ciudad, los hermanos habían acostumbrado a visitarlo una vez cada temporada. Normalmente, Diane acababa satisfecha con lo que había podido ver: enérgicos trapecistas, magos habilidosos y payasos algo desgraciados. Sin embargo, aquella última vez, la extrañeza se había apoderado de su cuerpo.

Cualquiera de sus hermanos, e incluso sus padres, podía pensar que estaba pasando por una enfermedad, que se encontraba algo alicaída o que estaba pasando por una mala racha de sentimientos femeninos. Pero Diane no salía de su habitación por razones que solamente ella conocía. Aquella noche, en el circo, había decidido querer conocer a las mujeres que trabajaban en él, a aquellas personas libres, sin ataduras, que viajaban de ciudad en ciudad mostrando al público las habilidades que eran capaces de desarrollar. Sin embargo, nunca llegó a hacer tal cosa. En vez de buscar a aquella mujer de tez negra y presentarse, se entretuvo charlando con un hombre totalmente desconocido del que ni si quiera sabía su nombre... De una forma, cuanto menos, imprudente ¡¿Como había podido hacer tal cosa?! Lo recordaba todo a la perfección: su rostro, sus ojos, su sonrisa. La forma en la que le hablaba, el arrullo de su voz cerca de su oído, la frialdad de su piel; la dulzura, la sutileza... el deseo. Apretó los puños con odio, acostada aún sobre su cama, sabedora de que su forma de ser y su actitud no casaban con aquella faceta que había mostrado frente a aquel desconocido ¡¿Qué diantres le había pasado?! Durante las primeras noches, en las que apenas pudo cerrar los ojos, contempló la posibilidad de que se hubiese enamorado a primera vista. No le pareció una idea descabellada, dado que su forma de comportarse había sido idéntica a la de otras muchachas, incluso antiguas amigas, cuando se encontraba un hombre atractivo cerca. Pero cuanto más lo pensaba y vueltas le daba, menos se sostenía aquella posibilidad. Si pensaba en aquel caballero, no sentía ningún tipo de atracción, ni deseo ni nada que pudiese parecerse al amor. Entonces ¿Qué le había ocurrido? La impotencia rodeaba su cuerpo a la par que una terrible sensación de traición y manipulación... No estaba entendiendo nada ni deseaba hacer nada más que pensar, de forma que cuando llegó el Mardi Gras, sus ánimos se encontraban totalmente por los suelos.

Cuando el Carnaval llegaba a Nueva Orleans, los Fauredumont acostumbraba a transitar poco las calles de la ciudad. El colorido típico de la fiesta que conmemoraba la cercanía de la cuaresma hastiaba el corazón de Gerard, quien, desde que enviudó por primera vez, había decidido celebrar con más intimidad tal acontecimiento. Cada año, en el último martes de Carnaval, la hacienda de los Fauredumont habría sus puertas para vecinos y allegados, en pos de celebrar una evento pequeño e íntimo con la temática propia de la fecha. Las máscaras acompañaban a los vestidos y ropajes de los invitados, así como la música resonaba en el salón después de que numerosos muebles fuesen aparatados por los esclavos horas antes de que diese comienzo la celebración.
Diane detestaba aquella celebración. El sentido moralista que la sociedad le había otorgado al evento le parecía de lo más hipócrita. Sin embargo, tenía que admitir que adoraba bailar y charlar con los invitados cada año. La llegada de los mismos le aportaba vitalidad a la hacienda, así como su rostro oculto tras una máscara, algo de más de intimidad para conversar con quien quisiese. Por ello, aquella noche, decidió apartar sus pensamientos a un lado y hacer hueco para su vestido nuevo sobre su cuerpo.

Cuando las primeras estrellas decoraron el cielo oscuro y algo neblinoso, los invitados, los mismos de siempre, comenzaron a llegar. Aquel año, en la carta de invitación de Gerard se había especificado que había que lucir máscaras con temática animal, algo que sin duda alguna había sido idea de Eliette. Por ello, el salón, poco a poco, pareció convertirse en un zoológico. 

Diane había terminado de hacer ondas en su cabello cuando salió de su habitación. La planta superior de la casa se encontraba totalmente vacía. El murmullo, las risas y el jolgorio se elevaba por el hueco de las escaleras, dotando al lugar en el que la chica se encontraba de un aura de lo más tranquila. Decidió, por tanto, aprovechar la distracción de la familia para caminar a hurtadillas hacia el despacho de su padre. Había estado tan ensimismada con sus propios problemas que había olvidado prestar atención a los asuntos que cocerían a la familia, de forma que no podía pasar una noche más sin que estuviese al día de todo. Al entrar en el despacho de su padre, Diane tomó asiento sobre el enorme sillón que presidía la mesa de estudio, repleta de libros, lápices y mapas. Apenas le bastó una hojeada para distinguir en los mismos las viviendas más cercanas al Bayou. El río Mississipi lucía distinto en aquel papiro, puesto que una enorme estructura, el triple de grande que su hogar, rodeaba la desembocadura. 
—Señorita Fauredumont, no esperaba encontrarla aquí —. La voz de Hiram Clay captó su atención, pero no consiguió sobresaltarla. Diane elevó la vista hasta clavarla en el recién llegado, quien cargaba nuevos mapas enrollados bajo el brazo. Vestía una chaqueta morada, a juego con unos pantalones oscuros y una máscara de zorro colgada aún bajo su cuello. —¿Que la trae por aquí?
—¿No es un poco extraño preguntar algo así a quien vive en esta casa? —se limitó a preguntar la chica.
—Es cierto—sonrió el hombre —Es solo que pensaba que Gerard prohibía la entrada a su despacho a todos sus hijos.
—¿Incluso a Lionel?—. Hiram Clay no emitió respuesta alguna. En el aire podía palparse la decepción en la voz de la mujer. —¿A que ha venido?
—Su padre me dijo que dejase estos mapas en su despacho antes de unirme a la fiesta. No podíamos demorar más este asunto.
—Así que el negocio sigue. Mi padre ha caído en sus zarpas. Muy adecuada la máscara que ha decidido traer, los zorros son unos animales de lo más astutos —explicó la chica. El señor Clay se tomó unos minutos para procesar aquella frase mientras cerraba la puerta a sus espaldas, decidiendo si aquello había sido o no un insulto. —Su propuesta es una locura.
—¿Qué sabe de mi idea?—preguntó el hombre, repleto de curiosidad.
—Que es lo suficientemente arriesgada como para que haya acudido a mi padre—comenzó a decir Diane mientras Hiram se acercaba lentamente hacia la mesa. —Un hombre, recién llegado de Londres, con una idea brillante entre sus manos... sin crédito bancario—sonrió la chica. —Deduzco que no ha acudido a un banco nada más llegar porque sabe que es una empresa tan arriesgada que jamás le darían ni un solo centavo como inversión. Y si ha acudido... está claro que se lo han negado. Y por eso está aquí, bajo el amparo del dinero de mi padre.
—Señorita Fauredumont, si cree que he venido a engañar a su padre...
—No he dicho que haya venido a engañarlo. Sólo pienso que quiere que se engañe así mismo, tanto como lo está usted—suspiró. Hiram se quedó sin habla, extraño, a la vez que impactado, de que una mujer le hablase de aquella manera sobre negocios. Diane volvió a echar una mirada rápida a los mapas. —¿Puedo ver los que trae? —. Sin mediar palabra, el hombre los colocó sobre la mesa y los extendió con las manos, de forma que la mujer pudo contemplar unos planos mucho más detallados y precisos que los anteriores.
—Permítame la indiscreción... ¿Sabe algo de arquitectura? 
—En absoluto —rió la chica —Pero nací en estas tierras, he recorrido este suelo...—señaló la chica con la yema del dedo, acariciando el mapa como si pudiese corretear sobre él —¿Piensa talar todo el Bayou para conseguir alzar el astillero?
—No cabe duda de que hay madera de sobra en esos pantanos.
—¿Y los caimanes? Sus hombres morirán si dan un pie en falso.
—Extremaré la seguridad.
—¿Y qué hará con quienes viven ahí dentro?—. Diane alzó la vista para clavar sus ojos en los del hombre que tenía frente a ella. Hiram se había quedado callado.
—¿Quien vive ahí?
—Hombres libres, yo creo—se limitó a responder la chica. —Yo que usted, me aseguraría de que tiene todo bajo control antes de empezar. Perder dinero solo le haría volver corriendo a Londres... y yo iría detrás de usted para cobrarme la deuda de mi padre—amenazó con tono burlón. —Por todo lo demás... he de admitir que son unos planos muy precisos. ¿Los ha dibujado usted?—sonrió con dulzura. Ese Hiram... no le caía del todo mal. 

lunes, 7 de enero de 2019

Lionel.

Los días se fueron sucediendo, y a cada pocos, el señor Clay volvía a reunirse en la casa de los Fauredumont para adelantar ideas de negocios. Lionel siempre estaba presente en dichos encuentros y, por supuesto, se estaba comenzando a llevar demasiado bien con Hiram. Ese hecho no parecía extrañarle a nadie, pues eran nuevos socios. No obstante, para alguien observador, podría resultar llamativo que Lionel se estuviese inmuscuyendo demasiado rápido con un desconocido, pues Hiram Clay no era nadie con quien hubiese cultivado algún tipo de trato durante los años que llevaban viviendo. Aquello, por supuesto, beneficiaba a Lionel en gran medida.

Un hijo tan perfecto como era él para el señor Gerard era todo un orgullo. Creció con una educación y valores férreos, intachables. Era todo un digno sucesor del apellido Fauredumont y de la fama que ellos cosechaban en toda Louisiana, pero cabía señalar, aunque Gerard no supiera verlo, que ningún hijo es la réplica exacta de un padre. Lionel tomó unas convicciones un tanto más extremas que las de su padre. Veía a los esclavos como eso, esclavos. No era un servicio al que se les daba comida y un techo a cambio de incontables horas de trabajo. Eran cucarachas, ratas, insectos que no valían para nada más que para trabajar. Debían de estar agradecidos a él, a su padre, a todo hombre blanco que les acogía, pues al menos tenían algo que llevarse a la boca ¡Y no contentos con eso, además debían de pagar un precioso dinero a los negreros para comprarlos! Esa era una de tantas razones que alejaban a Lionel de su padre, esa y muchas más, como su completa y total devoción por la religión y Dios, a quien consideraba más sagrado, por supuesto y según las escrituras, que su propia esposa, su familia o él mismo. Por esa precisa razón detestaba enormemente las preguntas que su hermana Diane se había hecho a sí misma a lo largo de los años y que aún se hacía. Su inclinación a interesarse por ese arte mal llamado ciencia, que si bien era útil para aliviar dolores y aplacar enfermedades, no era sino obra del Señor el ser sanado o no. Pues las plantas, los remedios que componían los jarabes y medicamentos, eran creación del Altísimo. Y si pensaba tan sólo en la posibilidad de que hombre y mujer fueran iguales ante la ley, derechos y demás... le daban ganas de vomitar —Por jesucristo, nuestro señor... Amén— concluyó, cerrando lentamente la pequeña biblia.
—Amén— le acompañó la voz de su esposa, tímida y susurrante, abrazándose a su pecho. Ambos se encontraban semi desnudos bajo las cáras sábanas blancas tras haber practicado una sesión de placentero sexo, más para él que para ella, aunque Mary se sentía complacida con sólo hacerle feliz —No deberías preocuparte tanto, querido. Dios entiende que estamos casados, y, como marido y mujer, no hace falta que reces a cada vez que nos amamos—
—Daño no nos hace el rendirle el culto que merece— masculló somnoliento —Mas en su amparo estamos, si bien sabe que cada cosa que hacemos, es por seguir su palabra—
—Un hijo...— sonrió tontamente Mary —Cuánto deseo ser madre, Lionel...—
—Y yo, querida...— le besó tiernamente la frente —Y yo...—
—Oye... Me acabo de acordar de algo— lo miró divertida —¿Has oído que viene el circo?—
—¿Otra vez, Mary?— dijo con voz cansada —Ya sabes que detesto ese tipo de antro. Esas... carpas sucias, ajadas. Ese olor, sus caras pálidas... La última vez que fuimos fue un completo suplicio—
—Oh, por favor... Estos días estás que no paras con el señor Clay y tu padre. Permíteme un pequeño capricho. Una noche de esparcimiento. A parte de esta— sonrió bobalicona.
—En qué momento te puso la vida en mi camino...— la besó con dulzura —Que siempre sabes cómo desviarme de mis atenciones— sonrió también —Diré a los demás que vengan— aquello apagó el rostro de Mary.
—¿Los demás?—
—Diane, Eliette... Ya me entiendes— cerró los ojos.
—Yo creí que podríamos pasar una velada a solas, ya sabes...—
—Y a solas estaremos al volver aquí, al dormitorio. Ahora duérmete. Estoy cansado—
—De acuerdo, querido...— volvió a besarle y se acomodó a su lado, en la almohada. Quizá era normal... supuso la mujer. A cuantos más, más divertido... o eso le decían siempre. ¿Era mala por desear pasar tiempo a solas con él? No consiguió dormirse dándole vueltas a esas cuestiones.

 Unos días después, por fin, llegó la gran noche. Un carruaje llevó a la rama joven de la familia Fauredumont a aquel enorme lugar llamado circo: una gigantesca carpa de lonas blancas que guardaba en su interior un sin fin de números estrafalarios que disfrutar. El camino estaba iluminado por mil y un quinqués y trabajadores del circo armados con antorchas, haciendo las veces un papel teatral, como si fuesen unos sirvientes tétricos. Al parecer, ese numerito lúgubre estaba encantando a lo largo y ancho de los estados que iban recorriendo. Mary estaba entusiasmada. Lionel se mostraba enormemente aburrido y desinteresado. Eliette parecía algo asustada y Chandler también algo incómodo e inquieto por las personas que lo rodeaban. Diane por supuesto estaba algo agitada y miraba a todas partes un tanto desconcertada —Tal vez hubiese sido mejor que se quedaran en casa— comentó Mary con inocencia, agarrada al brazo de su esposo —¿Os da miedo todo esto?—
—Es muy raro— observó Eliette.
—Yo diría que es demasiado oscuro ¿Se supone que es un lugar divertido?— agregó Chandler.
—Es un lugar de fantasía— inquirió Lionel con poca paciencia.
—Una oscura fantasía— concluyó Diane —No me imagino las mentes que hay detrás de todo este conglomerado. Hay poca cabida para esta oscuridad en una mente sana y normal—
—Esas no son pesquisas que tú seas capaz de realizar— comentó friamente Lionel con una sonrisa. Diane frunció los labios y miró de nuevo a esas figuras con luces y atuendos oscuros —Hemos llegado, por fin—

Arthur

El interior de aquel lugar al que llamaban circo era, cuanto menos, alentador. Luces pálidas que casi resultaban frías. Decorados negros, blancos y rojos que hacían las delicias de cualquiera que vivía entre sombras y sangre. Un ambiente inquietante, lleno de corazones palpitantes. Bajo su sombrero de copa contemplaba cada detalle con sumo mimo y cuidado. Sus ojos veloces, ávidos y hambrientos de conocimiento estudiaban a cada ser humano que se adentraba bajo las altas lonas de aquella carpa. Estaba en pie, tan inquieto en la zona baja de las gradas, que casi parecía ser parte de la agrupación —Señor ¿Va a ver el espectáculo?— le preguntó alguien a su espalda. Una voz femenina. Arthur se giró despacio y la observó como quien mira un cuadro recién pintado y trata de discernir su significado. Bajo la piel, carne y huesos de esa mujer, no latía un corazón —Usted...— ella frunció el ceño —¿Quién eres tú?— obvió los modales al percatarse, tanto como él adivinó de ella, que se trataba de un congénere vampiro. Un vástago de la noche pero, que a su vez, no pertenecía al grupo.
—Tenéis aquí montado un espectáculo exquisito— señaló con un dedo a todo el lugar, tallando un círculo imaginario en el aire —Ciertamente espectacular... En mi época esto estaba mal visto. Todo llevado por gitanos, vagos y muertos de hambre que pasaban la bolsa por unas monedas— sonrió Arthur de forma gélida.
—Este lugar es para los vivos— susurró de mala gana la mujer, para que nadie la oyese —Te pido que te marches. No toleramos a los extraños—
—Ya...— musitó —Sólo me pasaba a saludar. Os he sentido llegar... Me hizo pensar que vosotros me sentisteis a mí—
—No hemos sentido nada. Lárgate, por favor. No queremos un escándalo en este lugar. No queremos que un accidente nos desenmascare ante el mundo—
—¿Accidente?— ladeó Arthur la cabeza —¿Qué accidente?—
—Tú no eres de aquí. Por tus palabras y tu actitud lo deduzco. Y nunca te hemos... sentido, como tú lo dices, por aquí. Nos ha costado generaciones enteras ofuscar nuestra presencia en las sombras para que ahora un neonato como tú nos fastidie con su hambre voraz. Pues acabamos de llegar y ya hemos oído que dos personas desaparecieron hace unos días— acusó.
—Culpa al vampiro de la desaparición de dos personas en un lugar atestado de caimanes— sonrió Arthur —No me conoces en absoluto, señora...—
—No te diré mi nombre. Te pido por última vez que te marches o me obligarás... Nos obligarás, a todos, a echarte— advirtió por última vez. Arthur recorrió su hermosa y larga cabellera oscura, tanto como su piel, hasta que por fin asintió. Se tocó suavemente el ala del sombrero y a paso calmado, salió de la carpa.

 El espectáculo entonces avanzó. Hombres y mujeres lanzando fuego por la boca, saltimbanquis, gente capaz de saltar de un extremo a otro sin utilizar cuerdas. Incluso uno se atrevió a caminar desde el pilar central hacia el techo, de forma completamente vertical. El público estallaba en aplausos mientras que a su vez sentían el espanto. Pero los colores... Oh, los colores. El mundo oscuro que había fuera, dentro de la carpe, estaba repleto de mil y un arcoiris diferentes. Esa explosión de gustos y sabores oculares satisfacían a todos los presentes sin excepción alguna y los apaciguaba. Los hipnotizaba de manera sutil. Arthur lo sabía. Arthur lo comprendía. Y aprendía de ello como cada noche en aquel nuevo lugar, Nueva Orleans.

Cuando el espectáculo terminó, la gente fue saliendo en grupo. Tantos eran que nadie pareció añorar a algunos cuantos desaparecidos de forma repentina, seguramente sirviendo de alimento a los vampiros disfrazados como miembros de ese espectáculo circense de mal gusto. Arthur observaba agazapado en las penumbras, custodio silencioso de las opiniones de todos cuanto salían de la carpa y comentaban el espectáculo. Le llamó la atención, por tanto, una muchacha joven que al salir acompañada de unas cuantas personas más, dijo querer retrasarse un segundo —¿A dónde crees que vas?—
—Sólo quiero felicitar a la agrupación— dijo Diane.
—¿Felicitar? ¿Por este esperpento?— gruñó Lionel —Seguro que son peligrosos—
—¿Todo lo que se opone a ti es peligroso o terrible, hermano?— frunció el ceño la joven.
—Controla tu tono, Diane. Soy tu hermano mayor, no lo olvides—
—Y yo soy mayorcita también, Lionel. Sólo quiero dar una enhorabuena y regresaré enseguida—
—No te preocupes querido. Estamos aquí. La esperaremos— sonrió Mary, sólo por tener a una persona menos cerca. Lionel bufó.
—Apresúrate, niña. No me hagas ir a buscarte o mandaré quemar este lugar— Diane sabía perfectamente que podría lograrlo si se lo proponía, y no quería en absoluto que eso sucediese. Con tal condición, se apresuró.

Caminó y caminó tratando de encontrar a la agrupación, pero estaban completamente ausentes. Ni siquiera se encontraban en sus carros, donde parecían dormir. Allí tenían varias lonas cubriendo diversos tipos de útiles y un puñado de cajas bastante grandes. Era un lugar siniestro, aquel asentamiento... pero sin duda, bello. Aún sin nadie, si se imaginaba allí, podía saborear la libertad. Sólo con pensar en haber visto a esas mujeres haciendo lo mismo que los hombres. Capaces de prácticamente volar, saltar, escupir fuego por la boca... ¿Qué clase de vida permitía lo que no se permitía en la ciudad? Distraida por sus pensamientos caminó un poco más, sin rumbo, buscando a alguien a quien felicitar. Sobre todo buscaba a la mujer negra que parecía haber estado dirigiendo el espectáculo. Había preguntas que podría contestar, seguro. Pero no fue a ella a quien encontró —¿Se ha perdido?— la voz joven, sosegada y segura la asaltó por detrás. Muy, muy cerca. La chica dio un respingo y se llevó la mano al pecho por el susto, pero acabó riendo.
—Disculpe. Sólo buscaba a...— al girarse y contemplar al extraño, su sonrisa se borró un poco. Sus ropas estaban ajadas, casi iba completamente de negro y su aspecto no daba muy buena espina. Sin embargo era joven y bien parecido, apuesto, guapo incluso. Atrayente. No recordaba, de todas formas, haberle visto en el espectáculo —...sólo buscaba a la agrupación. Quería darle la enhorabuena por el número—
—¿Realmente considera que hay algo que felicitar en este espanto?— miró Arthur a su alrededor —Yo lo encuentro ciertamente pavoroso—
—Bueno, todos tienen su opinión— sonrió Diane y comenzó a sopesar las formas de salir de la situación —Bueno... Está claro que no hay nadie por aquí. Me marcho, pues. Buenas noches tenga usted, señor—
—Es peligroso andar sola por estos lugares en plena noche, señorita— advirtió Arthur.
—Lo sé. Vuelvo a casa en seguida. Gracias por su consejo— fue a pasar por su lado cuando sintió una irrefrenable curiosidad por ese individuo. Bajó el ritmo de su paso y se giró despacio para volver a mirarle —¿Quién es usted? No le he visto actuando, si forma parte de todo esto—
—Bueno... Yo no lo llamaría "de todo esto"— dijo risueño —Pero en cierta manera sí formo parte—
—Ah— dijo aliviada —Entonces lo comprendo ¿Una especie de director?—
—Tampoco lo llamaría así— cruzó las manos tras la espalda —Pero sí un conocido de los trabajadores de este lugar. Un viejo... allegado— sonrió a la chica de forma encantadora.
—Estupendo— sonrió Diane tontamente, sin percatarse —Sólo quería felicitarles por la labor. No es fácil conseguir un ambiente sobrecogedor que acaba sorprendiendo y llenando los sentidos—
—A veces puede resultar más sencillo de lo que parece— asintió Arthur.
—Y también permítame decirle que estoy más que impresionada con la inclusión femenina y racial que hay en los números. Sobre todo aquella mujer que parecía dirigirlo todo. De piel de ébano—
—Sé a quién te refieres— dijo divertido —Una mujer con fuego en los ojos y en el pecho. No cabe duda— Diane sonrió ante ese comentario nuevamente.
—Yo...— se mordió el labio —Si me permite preguntar... y no es mucha molestia...—
—¿Sí?— Arthur dio un muy ligero paso hacia ella.
—Quería saber sólo cómo ha sido posible. Quiero decir... ¿Hombres trabajando codo con codo con mujeres? Comprenderá que es algo extraordinario de ver. Digno de un circo, si me permite— rió con su propio comentario —Perdone, eso ha sido innecesario—
—En absoluto— masculló dando otro paso silencioso y cada vez, más letal.
—Yo...— Diane sintió que se le escapó ligeramente el aliento al verle acercarse. Era más atractivo de lo que había apreciado hacía un instante. Era encantador, casi. Quizá el hombre más guapo que había visto nunca —¿Sería posible... lograr eso en el mundo? Quiero decir...—
—Sé lo que quieres decir— se plantó finalmente ante ella con la suavidad de movimiento de un fantasma. Casi parecía no pisar el propio terreno al avanzar —Y déjame decirte que sí... Todo es posible, hermosa señorita— susurró de forma mágica para los oídos. Diane sintió un relámpago sacudirle la espalda y sus interiores —¿Le gustaría que el mundo cambiara, es eso?—
—Sí...— susurró ella prendida de sus ojos.
—Oh... Entonces seguro que cambiará...—
—¿De verdad...?— no se daba cuenta de lo cerca que estaba Arthur de ella.
—Claro que sí... ¿Es que no cree en Dios? ¿Alguien a quien rezar... y pedirle sus deseos...?— casi empezaba a saborear la piel y la sangre de la joven.
—Dios... Yo... ¿Rezar...? No...— negó ligeramente con la cabeza. Pero Arthur, repentinamente, se detuvo.
—¿Cómo que no?— alarmada por lo que había dicho, se recompuso. Aquella hipnosis desapareció de forma abrupta.
—Osea... ¡Perdón! Quiero decir, sí... No digo que no exista, no negaría jamás la existencia de Dios. Seguramente él nos puso aquí. Estamos aquí por él. Creó todo cuanto nos rodea y vela por nosotros desde su trono...—
—¿Pero?— Arthur se sentía entusiasmado.
—Creo que puedo decírselo ¿No?— suspiró —Si a fin de cuentas sois tan avanzados como para comprender que el muro que separa a hombres y mujeres no es tan alto ni tan ancho como el mudo se empeña en ver...— bajó ligeramente la mirada —Sólo digo que... Creo en Dios pero no puedo asimilar del todo bien que él dirija mis pasos, ni los de los demás. Tampoco termina de convencerme que la biblia nos diga su palabra. Porque si somos sus hijos... ¿Por qué somos tan diferentes ante sus ojos?— Arthur no daba crédito a lo que oía.
—Creame, señorita...— musitó fascinado —Que pienso exactamente lo mismo que usted—
—Es... un poco liberador, si me permite... Siento molestarle con estos asuntos—
—¡DIANE!— se oyó de pronto en la lejanía.
—Cielo santo. Tengo que irme, señor. No quisiera causar problemas— dijo alterada. No esperó a despedirse para salir huyendo a toda prisa en dirección a su hermano —¡Discúlpeme! ¡Hasta pronto, señor!— Arthur la observó correr tanto como le permitía su vestido y sus zapatos, perdiéndose en la neblina de la humedad nocturna. El hombre se quedó quieto en el sitio, con un brillo de diversión en los ojos.
—Hasta muy pronto... Diane— sonrió.

jueves, 3 de enero de 2019

Diane

Cuando la cena concluyó, los hombres decidieron retomar los asuntos sobre los nuevos negocios en solitario. Se encerraron en el salón con un cargamento compuesto de dos botellas de bourbon y una enorme disposición a la escucha de los invitados, dejando atrás a la señora Clay, quien decidió aceptar la invitación cordial de Alice cuando ésta sugirió mostrarle toda la casa. Eliette decidió acompañar a ambas mujeres y Chandler subió las escaleras en dirección a su estudio, en el cual tenía deber que atender.

Diane, por su parte, se quedó sola en la entrada del hogar. Se acarició los brazos con una mueca de disgusto mientras observaba las puertas blancas cerradas del salón. Se atrevió a caminar de puntillas hasta rozar con la yema de los dedos la superficie lisa de la misma, en la cual colocó posteriormente la oreja. A penas llegó a oír nada más que murmullos de voces varoniles, imposibles de comprender desde aquella distancia. Odiaba, en demasía, ser apartada del negocio familiar. Desde que era niña, había crecido observando el funcionamiento de la plantación de tabaco, oyendo los planes de su padre y espiando las reuniones de socios que tenían lugar en aquella hacienda. Estaba segura de que entendía tanto como su hermano Lionel las necesidades que el negocio requería en cada momento y detestaba que tanto él como su padre la tuviesen apartada tanto de la plantación como de sus gustos personales. — No debes leer ese tipo de libros Diane, no debes querer entender los negocios de un hombre Diane... —comenzó a murmurar, imitando la voz de su padre, mientras se alejaba del salón el dirección a la puerta principal. —La medicina es un oficio de caballeros, quizás podrías contraer matrimonio con un doctor, Diane —siguió murmurando, ésta vez, imitando a su hermano Lionel. —Nuestros socios no nos verían con buenos ojos si formas parte del negocio, Diane—concluyó. Abrió la puerta para tomar una bocanada de aire fresco nocturno y húmedo. Echó la mirada atrás para asegurarse de que estaba completamente sola en aquel instante y aprovechó la situación para descender las escaleras de la entrada y rodear la hacienda con pasos ligeros.

El jardín principal de la hacienda estaba compuesto por una enorme hilera de robles enormes y robustos que perfilaban un largo sendero que conectaba el hogar con los carriles exteriores. Sin embargo, la parte trasera de la casa, apenas tenía algo que ver con ésta última. Los robles desaparecían para dar paso a un jardín sencillo y modesto en el que varias cabañas de madera oscura y húmeda quedaban asentadas de forma dispar. Y más allá, extensos kilómetros de plantaciones de tabaco dibujaban el contorno de la línea más lejana que los ojos de Diane podían observar desde su posición. Sin embargo, no era el límite de su visión lo que a la chica interesaba. Con pasos cortos y tímidos se acercó hacia las casetas en la que los esclavos empezaban a acudir, recién terminada su jornada. Alguno de ellos apartaba la mirada cuando veían a la chica acercarse, mientras otros se esforzaban en esbozar una sonrisa amable para su ama. Diane no era tonta. Siempre había percibido aquella sensación, aquella angustia. Casi podía oírles maldecirla a ella y a su apellido, a pesar de que, si por ella fuera, ninguno de aquellos hombres y mujeres estarían allí. Por suerte, no todos los esclavos pensaban que fuese una ama horrible y despreciable. Todos aquellos quienes habían tenido la oportunidad de conocerla y hablar con ella, sabían que era una mujer en la que se podía confiar. Y uno de ellos, era Sam. El chico de color se encontraba en el porche de una de las cabañas en las que dormía él y cinco hombres más. Se estaba despojando de la chaqueta con la que Gerard Fauredumont le había obsequiado, con el propósito de que la luciera sólo cuando hubiese visitas en la hacienda. —Siempre la has detestado —se atrevió a decir Diane a sus espaldas. Cuando su voz resonó en el lugar, algunos esclavos decidieron apartarse y entrar en sus pequeñas viviendas. La chica supo rápidamente que ninguno de ellos quería verse implicado en los mismos problemas que Sam...
—Es como vestir la hipocresía—explicó sin sobresaltos. El hombre lanzó una mirada insegura a todo el lugar —¿Estas solas?
—Si no lo estuviera no estaría aquí—replicó la chica, encogiéndose de hombros. Al hacerlo, sintió que los vellos de los hombros de le erizaban. La noche era fría aquel día, lo suficiente como para lucir vestidos de cuello de barca. —¿Como ha ido todo hoy?
—Como siempre —arrugó la nariz. —Tu hermano Lionel se ha encargado hoy de revisar el trabajo. A Delilah le han dado diez latigazos. Sintió nauseas durante la mañana y tuvo que detenerse durante un rato —explicó con cierto asco en la voz. Diane sabía que no estaba recriminándole nada, pero lo sentía como tal.
—Lo siento mucho— dijo en voz bajísima, lo suficiente como para que nadie pudiese oírle. Si por ella fuera, preferiría que todos supiesen que ella estaba en contra de aquella situación, pero era mejor dejar las cosas tal y como estaban. —Ella está embarazada ¿No es así?
—Lo estaba. Ha perdido al bebé está misma tarde—. La contundencia con la que Sam escupió aquellas palabras, hizo que Diane no supiese responder ni actuar mientras el chico abandonaba el porche y se encaminaba hacia las raíces de un árbol cercano.
—Oh... Sam—. Fue lo único que la chica alcanzó a decir mientras seguía sus pasos.
—Déjalo, no digas nada. A fin de cuentas, no puedes hacer nada ¿Verdad? —. Esta vez, Diane captó cierto veneno en la voz del hombre. Sus ojos estaban inyectados en sangre y su mandíbula estaba tan apretada, que parecía que iba a morder en cualquier momento.
—Sabes que no—respondió la chica cuando alcanzó su posición. Le señaló con el dedo mientras Sam se acuclillaba frente a un balde de agua y se refrescaba el rostro. —Sabes que yo os liberaría, sabes que yo jamás os pondría la mano encima—continuó. —Yo nunca os he mirado como alguien inferior a mi... y lo sabes perfectamente —. A medida que hablaba, el tono de voz de la chica fue descendiendo. Aquella última frase inquietó a Sam, quien volvió a ponerse en pie y suspiró.
—Lo sé, no necesito que te excuses más. Es sólo que... —tomó aire —No aguantamos más esta situación. Tenemos hambre porque no comemos lo suficiente, apestamos a sudor y mierda porque no podemos apenas asearnos; tenemos la ropa echa jirones porque ni si quiera tenemos un hilo y una aguja con el que coser.
—Yo podría intentar...
—No intentes nada. Cada vez que te involucras en algo, tú acabas en tu habitación y yo con un par de cicatrices nuevas en la espalda —recordó. Diane calló porque a Sam no le faltaba razón. Habían planeado tantas cosas juntos desde su niñez... y ninguna de ellas había terminado bien. —Deberías irte ya.
—Sí... sólo quería saludar. Hace casi un mes que no hablamos.
—Sí, es verdad —. En el rostro de Sam se dibujó una pequeña sonrisa que hizo que a la chica se le rompiese el corazón simplemente imaginando que aquella podría ser la primera sonrisa del hombre después de algunos días sin poder mostrarla.
—Además, te quería preguntar algo —carraspeó. La atención del hombre se vio rápidamente centrada en el rostro serio de la chica. —¿Estáis todos bien? A salud, me refiero. ¿Algo fuera de lo normal?
—Nada que no tenga que ver con la situación en la que estamos —respondió Sam tras unos segundos de meditación. —¿Por qué?
—Es que... puede ser que nos esté asolando una enfermedad desconocida —explicó —En cualquier caso, si alguno de vosotros enferma de ropa rara, si os pasa algo... dímelo, por favor. Dímelo y cuanto antes. Se trata de algo grave.
—¿Ya estás leyendo otra vez libros de medicina en la consulta del Doctor? —río el chico.
—No es una broma, Sam. Lo he visto con mis propios ojos y no es algo agradable. El Doctor no sabe de qué se trata. Así que si sabes algo...
—Te lo diré, de acuerdo —terminó por ceder el hombre.

Apenas la pareja tuvo tiempo para charlar durante unos minutos cuando, a las espaldas de ambos, la dulce voz de Eliette resonó lejana. Pronunciaba el nombre de su hermana, llamándola. Era como si una campana resonase, haciendo saber a Diane que era hora de marcharse y regresar a su habitación. Y sabía que era mejor no demorarse, porque si los minutos pasaban y no aparecía, la encontrarían allí y todos sospecharían. —Me tengo que marchar. Procuraré volver pronto.
—No lo hagas si no es seguro—añadió el esclavo, quien empezó a retroceder para volver a la casucha en la que dormitaba durante unas pocas horas cada noche. —Y Diane... por cierto—. La mujer se detuvo en seco, expectante de cuanto el hombre quisiera decirle. —No quería decírtelo, pero... el bebé de Delilah no es de ninguno de los que estamos aquí—. Diane no supo como hacer frente a aquellas palabras. En primer lugar, fue incapaz de cambiar su expresión, para, posteriormente, fruncir el ceño.
—¿Qué estas queriendo decir?
—No puedo explicarlo mejor, no me pidas que lo deletree porque ni si quiera se escribir —se defendió el hombre percibiendo la tensión en su amiga. —La criatura que iba a nacer no es de ningún hombre de aquí. Lo sabríamos y ella lo habría dicho.
—¿Estás acusando a mis hermanos o a mi padre de tener algo que ver, Sam? —. El veneno en la voz de la chica casi podía palparse, y quemaba. —Porque si es así, quiero que sepas que...
—No estoy acusando, Diane. Sólo te estoy informando. Creo que es mejor que lo sepa. Confiaba en que... sabrías procesar la información —terminó por decir. Sam no se despidió, sino que se marchó sin más con el rostro impregnado en pensar y desconcierto. A Diane le sabía la boca amarga. En su cabeza no había lugar para imaginaciones.

Cuando regresó a la hacienda, encontró a sus padres, Gerard y Alice, y a sus hermanos, despidiéndose del señor y la señora Clay, así como del señor Morgan. Los hombres, quienes se habían encerrado en el salón con semblante serio, habían salido del mismo con aires alegres y joviales. En especial Lionel, quien tenía dibujada de forma permanente una sonrisa bajo su recortada barba. Algo inusual en él.
—Ha sido un placer conversar con usted, señor Clay—confesó Gerard.
—El placer ha sido mío, señores Fauredumont —respondió Hiram Clay.
—Y una hospitalidad exquisita— añadió su esposa.
—Espero verles pronto por aquí. De hecho, señor Clay, creo que requeriremos su presencia en esta casa en las próximas semanas. Este negocio no es algo que debamos tomarnos a la ligera, pero tampoco algo que debamos dejar pasar. En una ciudad tan creciente como ésta, los negocios nacen y prosperan a una velocidad insospechada. No sería agradable que alguien nos arrebatase nuestro plan—explicó Lionel. Su voz era sosegada, un profundo y largo susurro.
—¿Habéis aceptado el negocio?—preguntó Diane, entrometiéndose. El silencio que se formó apenas duró unos segundos, roto en mil pedazos por la carcajada de Hiram Clay.
—Eso espero, señora Fauredumont—aseguró el hombre.
—Señorita—le corrigió con cierta vergüenza.
—Disculpen a mi hermana. Es una mujer un tanto enérgica —se excusó Lionel. Diane se sintió enormemente irritada de que fuese él quien la corrigiese en vez de su padre. Mary, su cuñada, carraspeó levemente para que su esposo la dejase tranquila.
—No hay nada que disculpar. Las mujeres en Londres son apagadas, tristes y taciturnas. Una mujer con carácter es algo que hay que apreciar —sonrió, para, sin previo aviso, tomar la mano de la chica y posar sus labios sobre el dorso. Diane no prestó tanta atención a aquel beso como al rostro de la señora Clay, quien había decidido mirar hacia otro lado. Intimidada por la situación, devolvió al señor Clay una sonrisa amable y dejó a los invitados marcharse.

Observó como montaban en el carruaje familiar al final del sendero, justo donde la hilera de robles terminaba, pensando que empezaban a ocurrir cosas demasiado deprisa, y todas, parecían querer estar ajenas a ella.
Lauren

La promesa de conocer al señor Fauredumont era cuanto menos inquietante, en el buen sentido, para el bueno de Hiram. Desde que llegó a Nueva Orleans no había parado de hacer preguntas sobre el conocido dueño de la plantación de tabaco de la ciudad, sabiendo que era de los más ricos e influentes. Barty, a esas alturas, estaba un poco angustiado por no poder contactar con el ocupado magnate y tener a su recién llegado amigo pegado a su oreja hora tras hora, día tras día.

Afortunadamente para el señor Morgan, los Clay ya había encontrado una parcela donde vivir. Una casa más pequeña que la de su anfitrión, por supuesto, pero igualmente elegante y bien provista de diversidad de comodidades. Morgan se ofreció a comprarle a los Clay unos esclavos, que Hiram aceptó encantado. Lauren, no tanto. Habían pasado ya unos años desde que la esclavitud se abolió en Londres y la dama estaba más que contenta con ese hecho. Los criados percibían una remuneración por sus servicios en el hogar que residían antes y ello ayudaba a que la mujer se sintiera más humana. Nueva Orleans, para ella, era como volver atrás en el tiempo. Donde el olor del sudor se mezclaba con el de la sangre de cientos de hombres y mujeres de color. Donde no se les veía apenas sonreír. Donde sólo se les oía cantar, en tono lúgubre, canciones con un ritmo maravilloso que en otras condiciones, podrían ser el surgimiento de un nuevo género. No obstante, por más que comentó el asunto con Hiram, éste parecía estar enormemente entusiasmado con la idea de ser un nuevo terrateniente a punto de expandirse en sus negocios con socios acaudalados y esclavos a los que no debía pagar para hacerle la vida más fácil —Míralo por el lado positivo, Lauren. Cada centavo, cada dolar, como tenemos aquí, es única y exclusivamente para nosotros. Ahora no vas a tener que preocuparte por nada de verdad. Te pertenecen. Haz con ellos lo que te plazca— llegó a decirle mientras tomaba un vaso de bourbon en las soledad de su nueva hacienda.
—Si hago lo que me place, significará darles la libertad, Hiram— comentó ella mirando el fuego en el hogar.
—¿Por qué eres siempre tan negativa, Lauren?— preguntó el hombre consternado.
—¿Cuál es la razón por la que estamos aquí, Hiram?— respondió ella con otra pregunta —¿Con qué razón hemos cruzado el oceano para llegar a este lugar? ¿Qué pretendes conseguir aquí que no tuvieramos ya en Londres? Tenías un puesto elevado. Teníamos dinero. Y ahora estamos aquí, a medio prestado, por un viejo amigo de tu infancia con el que comenzaste a cartearte ¿Qué te prometió Bartholomew que te hiciera abandonar todo por Nueva Orleans?— ante la insistencia, Lauren sólo obtuvo de respuesta el sonido del líquido alcohólico agitándose en el pequeño vaso de cristal. Las sombras proyectadas por el fuego hacían del rostro de Hiram un cuadro indescifrable —¿Qué ha pasado, Hiram? ¿Por qué desde hace unos años el hombre del que me enamoré ha decidido ignorarme por completo, a mí, mis necesidades y mis deseos, por un atávico egoismo? ¿Desde cuando te importa tanto el dinero y el triunfo?— a esas últimas preguntas, de nuevo, más silencio. Sólo la mirada severa de Hiram.
—Creo que estamos cansados, querida. Vayámonos a dormir— se acabó el vaso de un trago —Adelántate, eso sí. Voy a salir a tomar el aire. Te veré en la cama— su quietud, su calma, su precisión a la hora de moverse, erizó los vellos de la mujer. Silenciosa como un fantasma, decidió obedecer. Aquella noche no le gustaba en absoluto.

Al llegar el alba, la mujer se despertó con el hueco de la cama vacío a su lado. Las mantas no estaban más removidas de lo que ella las había agitado al dormir. No había huella alguna de la presencia de su esposo a su lado esa noche ¿Dónde se habría metido? Se preguntaba. Decidió vestirse con un traje cómodo de color crema y bajó las escaleras con el cabello suelto, sin ganas ni necesidad de peinárselo demasiado. Oyó entonces risas en el salón y ello la llevó a apresurarse.

Allí estaba Barty tomando un té junto a su marido, ambos de buen humor y sonrientes a más no poder. A su lado, Mildred, una de las esclavas, se mantenía cabizbaja y con los puños cerrados. Lauren percibió temor en ella. Era tan joven... —Buenos días, Lauren. Por todos los santos, estás preciosa con el cabello suelto— observó Bartholomew.
—¿Verdad? No son pocas las veces que le digo que un aspecto más... salvaje, poco adoctrinado, le sentaría de miedo— el tono y el aspecto de Hiram era completamente distinto —¿Quieres tomar algo querida? Mildred puede ocuparse— con sólo decir aquello, la chiquilla, de unos 18 años, se apresuró a servirle a ella una taza.
—N-no... Gracias. Aún no— se abrazó a sí misma. El ambiente era gélido pese a que Nueva Orleans era muy calurosa y agobiante a plena luz del día, incluso dentro de su hogar.
—Llegas en buen momento, querida. Finalmente tenemos una reunión con Gerard Fauremont esta tarde. Todo está por fin en marcha— la alegría de Hiram era... contagiosa. El corazón de la mujer se infló como un globo al verle sonreír de esa manera, pero aún así, estaba descontenta con tanto secretismo, tanto misterio... tanta avidez de dinero.
—Fantástico— sonrió simplemente —Es fantástico, querido— ambos hombres volvieron a ignorarla, tanto como a Mildred, mientras hablaban de negocios. El día iba a ser largo.

Hiram

Chaqueta y pantalón, chaleco gris y pañolón negro al cuello. Tal era la elegancia que lucía el señor Clay mientras se veía llevado junto a su amigo Bartholomew y Lauren. Su amigo gustaba del color azul en sus ropajes, mientras que Lauren vestía un elegante y sofisticado vestido rojo recién comprado en el mejor sastre de la ciudad, cortesía de Bartholomew. Los nervios estaban a flor de piel. Y más cuando por fin el transporte se detuvo frente a la mansión Fauredumont. Casi mareaba el tamaño del patio delantero ¡Y no quería imaginar Hiram el trasero! Ni el tamaño de las plantaciones. Pero oh, sí que quería imaginar la cartera del dueño de todo eso.

Entraron atravesando la gran puerta principal de acceso, conformada por un millar de barrotes de acero rodeano la hacienda hasta donde alcanzaba casi la vista en el crepúsculo. La noche no tardaría en caer, lo cual otorgaba una mayor intimidad al encuentro. Siguieron a Bartholomew, que a su vez, se dejaba guiar por un trabajador, por supuesto, negro, que los aguardaba. Allá, en la puerta, ya se encontraba el buen señor Gerard acompañado por Lionel, su hijo mayor. Ambos tenían un rostro duro, marcado, cuadrado. El semblante varonil con el que hacían guardia sólo podía ser más embriagador e intimidante si se tenía presente el poder económico del que hacía gala la familia que vivía en ese lugar. A Hiram le faltaba el aliento y Lauren no se vio capaz de mirar a los ojos a los anfitriones —Messieurs— saludó Barty con una ligera inclinación de cabeza y una sonrisa cautivadora —Me complace presentaros a mis buenos y recién llegados amigos. Hiram Clay y su hermosa esposa, Lauren Clay— Lauren asintió velozmente y Hiram extendió la mano como un relámpago. Para sorpresa de ambos, Gerard estalló en carcajadas.
—Por el amor de Dios ¿Qué os pasa?— estrechó gustosamente la mano de Hiram —Mi buen hombre, cualquiera diría que está usted ante un rey— bromeó.
—¿Y no es así?— correspondió Hiram.
—Según el punto de vista— sonrió Lionel.
—Ah, no hagáis el menor caso a este canalla que tengo por hijo— palmeó el hombro de su hijo con cariño, el cual no hizo otra cosa que devolverle la pícara sonrisa a su padre —Por favor, no estéis tan nerviosos. Pasad, pasad. La humedad de esta ciudad es infernal—

El interior de la mansión era tan sobrecogedor como el exterior. Preciosa, una verdadera belleza sureña digna de admirar —Sam— llamó Gerard —Sam— un muchacho no muy mayor se personó a toda velocidad. Estaba sorprendentemente bien vestido para ser alguien del servicio doméstico —Vamos a acomodar a las visitas. Di a cocina que pueden preparar la cena, y avisa a los chicos a que bajen a presentar sus saludos a los invitados— Sam asintió —Ah. Y Sam...— el muchacho de color se dio la vuelta como un rayo —No tardes— a Lauren no se le escapó el tono de aquella advertencia, mientras que a los demás sólo les pareció una simple orden de un hombre acomodado. No, no era una orden. Era un aviso.

Los recién llegados fueron invitados a sentarse en unos cómodos sofás de exquisita selección mientras aguardaban al resto de la familia. La primera en bajar fue la esposa de Gerard, Alice, junto a la esposa de Lionel, Marie. Una verdadera belleza de cabellos rubios como los de Lauren, y tan elegante como su esposo. Luego los siguieron Eliette y Chandler, los otros hijos de Gerard y Alice. Hiram sí se percató de la diferencia de edad que tenían con Lionel, el primogénito. Al igual que la diferencia de edad entre Gerard y Alice. Por supuesto, omitió por completo esos detalles —Una familia encantadora— sonrió Hiram.
—¿Dónde está Diane?— inqurió Lionel algo tenso.
—Eso quisiera saber— murmuró Gerard.
—Estoy aquí— la ligera voz cansada de Diane se dejó oír. Al parecer, tras haber notado la inquietud en el ambiente ante su falta. Hiram y Lauren, tal y como con los demás, dirigieron su mirada a la recién llegada. La diferencia entre marido y mujer fue que Hiram no pronunció palabra alguna ante su presencia.
—Tan guapa...— se sorprendió Lauren —¡Qué ojos!— la aduló.
—Yo también tengo los ojos claros— sonrió Eliette.
—Por supuesto que sí— concedió Lauren. Se animaba al tener más mujeres cerca que la acompañasen entre tanto hombre —Es una familia encantadora— concluyó. No se percató del silencio de su marido, ni de sus ojos eclipsados por Diane.
—Muchas gracias por sus cumplidos, señora Clay. Sentémonos a esperar la cena— pidió Gerard —Mientras tanto...— miró a Hiram —¿Cual era, a fin de cuentas, el motivo de este fantástico encuentro?—

La conversación se prolongó hasta el momento de la cena. Hiram narró a un amable y paciente Gerard el abandono de Londres y la llegada a Nueva Orleans. Bartholomew corroboró las historias de Hiram y por supuesto, se habló de la amistad que desde muy jóvens les unía allí, en Inglaterra, y que se perpetuó en el tiempo a través de largas, eternas, conversaciones a base de correspondencia que tardaba vidas enteras en llegar a manos de uno y otro. De vez en cuando, Lauren entablaba conversación con Alice o Eliette. Conversaciones mucho más breves y educadas. Casi parecía una evaluación constante de una a otra. Diane, por otro lado, se mantenía callada y escuchaba mayormente la conversación de los hombres —Sin duda una amistad enriquecedora— apuntilló de repente Lionel en mitad de la conversación —Pero dudo, señor Bartholomew, que nos haya reunido en esta mesa, a esta hora, para alardear de su amistad con el señor Clay ¿Me equivoco?— Gerard rió ante tal palabrería.
—Sé educado Lionel. Pareces el más pequeño de la familia con ese tono vehemente— corrigió.
—No. No, tiene razón— se atrevió Hiram, reuniendo todo el valor a través de su ilusión —Es cierto. El señor Lionel está en lo correcto. No deberiamos dilatar más este momento, por mucho que la velada sea agradable— la mesa se sumió en un profundo silencio ante la expectación —Señor Fauredumont, si he insistido tanto en conocerle a través de mi amigo Bartholomew es porque, ahora que estoy asentado aquí en Nueva Orleans y ante la perspectiva más que clara de que será una estancia permanente— sus ojos pasaron por un momento a admirar a Diane y, luego, de vuelta a Gerard —Tengo un plan, un trato de negocios, en el que creo que puede estar usted interesado— el rostro de Gerard se frunció ligeramente.
—¿Negocios, señor Clay?— esbozó media sonrisa —Muy tentador debe ser, sin duda, para que me pueda llegar a interesar. Sabrá usted que dispongo de lo que necesito, a mi antojo. También quiero advertirle de que no consideraré que sea una oferta inocente la que esté a punto de proponerme— se podía cortar la tensión. Gerard era un hombre sabio y astuto —Si bien sé que el señor Morgan dispone de riquezas y terrenos, que acudan ambos a mí significa que requieren más de lo que tienen— jugueteaba con sus dedos sin pestañear. Los ojos clavados en Hiram, taladrándole los pensamientos —Sé que no me equivoco. Y tampoco quiero que esto sirva como una amenaza ni nada por el estilo. Sólo quiero que sepa, de antemano, que puede estar a punto de insultarme en mi propia casa, frente a mi familia, si trata de estafarme el más mínimo centavo— sólo una suave y dulce risilla de Lionel rompió el silencio.
—Padre...— Diane se atrevió a abrir la boca.
—Silencio— ordenó Lionel —Estos asuntos no te conciernen, Diane— Hiram miró a la chica ante la brusquedad de su hermano mayor. Esperaba verla ruborizada, cabizbaja, resignada, como toda mujer. Se encontró con que miraba a su hermano a los ojos con una sobriedad que sólo había visto en hombres determinados.
—¿Y bien, señor Clay?— la voz de Gerard sacó a Hiram de su ensimismamiento.
—Ah, eh, sí... A ver... Por dónde iba...— se manoseó las mangas nervioso por la distracción.
—El astillero— recordó Bartholomew.
—¿Astillero?— preguntó Lionel.
—Eso es. Señor Fauredumont. Señores Fauredumont— se recompuso Hiram —He viajado hasta aquí con la esperanza de entablar mi propia empresa, con prometedores miradas al futuro. Pretendo crear y fundar un astillero, un nuevo embarcadero, aquí en Nueva Orleans. Y juntos, las tres familias, podriamos ser mucho más ricos de lo que ya somos— sonrió.
—Querrá decir que vosotros seréis más ricos de lo que sois ¿En qué me beneficia a mí todo esto? Pues huelo a leguas, caballeros, que lo que vais a solicitarme no es precisamente una opinión. Sino un soplo de "aire" fresco, verde, contante y sonante— sonrió perspicaz como una hiena.
—En efecto— dijo Hiram sincero —Necesitamos cierto apoyo financiero, señor Fauredumont. Sin embargo, piénselo. Esto le convierte a usted en un socio por completo, pero sin necesidad de trabajar en ello—
—Explíquese—
—Con sólo su apoyo, señor, pienso hacerle benefactor de un tercio de la empresa. Creame, estoy realmente entusiasmado e ilusionado por llevar a cabo mis proyectos. Desde pequeño, siempre he soñado con ser dueño de un negocio. Poder dirigirlo, que mi nombre se asocie inmediatamente a algo que permita ayudar a la gente. Mi ilusión es poder transportarles, como me han transportado a mí. Como seguramente le transportaron a usted, o a su familia. Discúlpeme si soy demasiado observador, pero Fauredumont no es un apellido muy americano— Eliette soltó una risilla ante el apunte de Hiram y eso le animó. Con un semblante alegre, prosiguió —Sé que Nueva Orleans ya cuenta con un muelle ¿Pero cuenta con el poder suficiente? Si nos unimos, podemos abarcar toda la orilla sureste de los Estados Unidos ¡Y quizá en el mañana toda la costa Este! ¡Y la Oeste! Nuestros barcos se apostarían en cada bahía de paises extranjeros y no solo eso...— afiló la mirada, brillante, soñador —Barcos más pequeños, con una tecnología y mano de obra especializada, para navegar sin peligro por ríos como el tan querido Mississippi y tantos otros que pueblan este bendito país y los vecinos. Todo esto, por supuesto, con su correspondente ganancia y un transporte completamente gratuito de sus productos tabacaleros a diversos lugares del mundo. Se olvidaría por completo de cuotas de exportación e importación, señor. Es, de hecho, lo único que le causa gastos, si no me equivoco. Y al no disponer de flotas propias tiene que esperar a barcos mercantes mientras que con Bayou River Shipping Company dispondrá de todo cuanto quiera, cuando requiera— acabó y respiró.
—Veo que usted tiene pensado ya hasta el nombre de la compañía— dijo con suma calma Gerard.
—Debo decir que su esposo, señora Clay, es bastante locuaz. Casi podría dedicarse a la venta ambulante con esa verborrea— sonrió y Lauren le devolvió la sonrisa.
—Quizá le falle el detalle de que el Bayou no es un río, señor Clay—
—El diablo está en los detalles, señor Fauredumont— asintió —Todo requerirá tiempo, por supuesto. Y el bayou es uno de lo que más tiempo requerirá—
—¿Es que piensa talarlo y hundirlo para hacer de él un muelle?— rió el patriarca Fauredumont, aunque la seriedad y la mirada cómplice de Hiram le hacía pensar que había dado en el clavo —Santo Dios... Perdóneme ¿Pero ha perdido el juicio?—
—Preferimos llamarnos visionarios ambiciosos— se sumó Bartholomew dando un sorbo al vino.
—El mundo no avanza sin ambición, señor. Llamaron loco al hombre que quiso cruzar el mar. Llaman loco al hombre que asegura que podrá volar como un pájaro—
—¿Y qué será lo siguiente, señor Clay? ¿Barcos al sol?— se mofó
—¿Y por qué no?— sonrió Hiram —Si nos asociamos con la gente correcta, podríamos lograrlo—
—Es de locos. Perdóneme, pero es así. De locos. Es un negocio complicado que hay que meditar— esclareció el anfitrión.
—Lo comprendo perfectamente— asintió Hiram —De verdad que sí. No esperaba una aceptación inmediata. Ni tan siquiera yo lo acepté al momento—
—Ni yo— agregó Barty.
—De momento... terminemos de cenar. Y luego hablaremos en más detalle— tomó la copa y la alzó en señal de brindis.
—Salud— pidió Hiram por todos. Y sus ojos, sagaces, se clavaron en Diane nuevamente. La chica miraba atenta a su hermano mayor, sin embargo, pues Lionel se mesaba muy distraidamente la recortada barba sumido en ideas propias sin dejar de sopesar a Hiram y Bartholomew...

miércoles, 2 de enero de 2019

Diane

El olor de la sala era desagradable. Según explicaba el Doctor Guermeur, las personas solían detestar aquel olor porque les evocaba sensaciones horribles y dolorosas, fruto de recuerdos trágicos y desafortunados. Arrugaban la nariz a la par que en sus mentes se reflejaba el rojo característico de la sangre y el morado que adquiría la superficie de una piel malherida. Diane, sin embargo, había dejado de detectar aquel olor hacía ya unos años.

La consulta de Guermeur estaba en pleno centro de Nueva Orleans. La asiduidad con la que la población aparecía para solicitar sus servicios era prácticamente frenética a pesar de que el entorno físico podía llegar a causar pavor: frascos sobre las baldas, agujas sobre la mesa cerca de la entrada, material quirúrgico en la sala interior y gasas llenas de sangre en el cubo de la basura. Aquel días, sin embargo, el ambiente parecía estar mucho más tranquilo. Aquello debía ser una buena señal, dado que significaba que la gente gozaba de buena salud. Para Guermeur, sin embargo, aquello era una mala noticia. Caminaba de un lado para otro con las manos agarradas tras su espalda. Su rostro lucía preocupado, apagado y somnoliento. Parecía que de un momento a otro iba a perder los pocos pelos que quedaban agarrados a su prominente calvicie, o eso pensó la chica mientras alzaba la vista sobre las oscuras y apegadas letras del libro que tenía en las manos. 

— A este paso, la semana que viene mi esposa y yo no tendremos alimento que ingerir —murmuraba, haciendo que la chica perdiese la atención en su lectura. — Y pensar que parecía una buena idea...
— Está siendo demasiado dramático, Doctor — soltó la mujer, cruzando una pierna sobre la otra y acomodándose en el sillón de la entrada.
— ¿Dramático? ¿A caso no es un problema que no haya hombres con heridas, mujeres parturientas y niños resfriados? —apuntó alzando la mano. Seguidamente, emitió un bufido y se relajó. Tomó asiento sobre un pequeño taburete que, normalmente, estaba en la zona de cirugía. 
— No es la primera vez que sucede. Hay días mejores y días peores. El negocio de mi padre funciona de la misma manera —explicó ella, terminando por cerrar el libro y dejándolo sobre su regazo. La cubierta era de un color azul oscuro, y su textura, excesivamente rugosa. Pesaba sobre sus rodillas como si se tratase de una piedra.
— Su padre, señorita Fauredumont, puede permitirse un par de días malos —añadió el Doctor, pasándose una mano por su frente sudorosa. La temperatura era implacable en aquella ciudad. El clima tropical amedrentaba los ánimos de cualquier persona nimiamente sulfurada, haciéndola sudar sin control alguno. — Más aún teniendo mano de obra gratuita...
— Eso es un tema muy delicado como para discutirlo en este lugar —se apresuró a decir la chica. Su mirada se había vuelto fría y dura, y su rostro, amenazaba con mostrar una mueca furiosa. 
— Tiene razón, tiene razón... —admitió el hombre. — ¿Que le ha parecido ese libro? —preguntó, cambiando rápidamente el tema de conversación para que el ambiente que se había creado regresase a la normalidad. Diane se quedó callada unos segundos para reflexionar la respuesta que iba a dar. Acariciando el libro con la yema de sus dedos, deseó no tener que dejarlo allí tras emitir su breve veredicto.  
— Es... curioso. Intuyo que puede llegar a crear algo de controversia entre la población mas conservadora. Sin embargo, creo que hasta un niño comprendería que todo lo que nos rodea tiene una explicación lógica, incluso la fecundación, como es este caso —. En efecto, el libro que el Doctor le había prestado trataba sobre el procedimiento que seguía la fecundación humana. Mentiría si dijese que no se había sentido abrumada leyendo sobre el proceso en la consulta frente al Doctor, pero había merecido la pena. — La genética humana, el desarrollo embrionario... es fascinante —añadió. — ¿Es seguro?
— No tengo libros que traten de pamplinas poco contrastadas. Ese acaba de llegar y créame, está firmado por doctores de gran renombre.
— Entonces solo puedo decir que es realmente fantástico. Ahora encajan varias cosas y puedo imaginar de una forma más exacta como ocurre todo. Imagino que esto le ayudará en futuros compromisos con clientas.
— Apuesto a que sí, aunque quizás ellas no crean nada de lo que pueda llegar a contarle sobre óvulos y esperma —rió el Doctor, consiguiendo que la chica también se carcajease — De todas formas, ya sabe que tengo este libro a su disposición. Podría llevárselo a casa, estudiarlo detenidamente y devolverlo cuando crea que ha aprendido todo cuanto quería sobre él.
— Es muy amable, como siempre, pero ya sabe que prefiero no llevar este tipo de libros a casa. Mi padre sigue sin aceptar que su hija tenga inquietudes ajenas a las puramente femeninas y mi hermano considera que los temas maritales son los que ya deberían llamar mi atención. Aparecer con este libro solo haría que la discusión se estableciese y perdurase durante horas. Y ya estoy un poco cansada de eso... —explicó con voz queda y lastimosa. La chica devolvió el libro a su dueño, con el rostro que una madre podría si le ofreciese su hijo a otra mujer. Cada vez que Diane tenía que renunciar a algo que adoraba, sentía que una aguja se clavaba sobre su pecho... y ya tenía demasiadas clavadas. 
— Si yo fuera su padre, señorita Fauredumont, le dejaría la llave de la biblioteca familiar. No veo que mal puede hacer a una mujer que adquiera conocimientos médicos. Más aún si es su pasión.
— Eso mismo pienso yo, pero... 

 Diane quiso hablar, explicar mejor su situación, hacer comprender al doctor que su sufrimiento iba más allá de una simple prohibición. Sin embargo, la campanita que colgaba frente a la puerta sonó de forma violenta y acelerada cuando un par de personas la abrieron de par en par. Una de ellas era un hombre blanco que lucía un bigote elegante, quien a su vez, cargaba como mejor podía a la otra, una mujer negra de aspecto enfermo y débil. — ¡Ayuda, por favor! —gritó el hombre desesperado. El Doctor y Diane se levantaron de sus asientos como un resorte, nerviosos y ansiosos de comprender qué ocurría — ¡La he encontrado a las orillas del río! —aseguró el hombre con tono desesperado. Diane alzó una ceja ¿Por qué un hombre se interesaría por el estado de una mujer que, a juzgar por sus ropajes, era una esclava? Su instinto y sus conocimientos le hacían entender que allí ocurría algo más, algo que aquel hombre no deseaba explicar, de forma que ella decidió no preguntar. 
— ¿Qué le ha pasado? — preguntó el Doctor, cargando a la mujer hacia la sala de cirugía. La dejó sobre el sillón en el que trataba a sus pacientes. Una vez sentada, la chica pudo contemplarla mejor: convulsionaba de forma acelerada a la par que sudaba, murmuraba algo que apenas podía llegar a entender y sangraba por la boca. 
— No lo sé. La he encontrado así —explicó el hombre. Sus manos temblaban como las de un niño asustado.
— Odio preguntar esto, pero ¿Podrá pagar el servicio? —preguntó el Doctor algo apurado.
— No se preocupe, Doctor. Yo pagaré lo que sea necesario. Pero, dígame ¿Qué le está ocurriendo?— Guermeur echó mano de su estetoscopio para auscultar a la paciente. Su rostro era como un libro abierto, de manera que Diane supo que, a primeras instancias, el Doctor no se hacía una idea de lo que podía ocurrir.
— ¿Podría ser síntoma de una fiebre alta? —se atrevió la chica a preguntar. Tenía que admitir que estaba nerviosa a la par que deseosa de dar un poco de luz al asunto, demostrándose a sí misma que era tan válida como un hombre para ejercer la profesión.
—  Sería algo extraño, sin duda —respondió el doctor, apartando el estetoscopio. Con sus manos, tomó los párpados de la mujer, obligándola a abrirlos. Sus lágrimas cayeron pos sus mejillas de un color totalmente antinatural. Lloraba algo parecido a la sangre. — ¿Pero qué diantres...?
— Oh, Dios Santo... —murmuró la chica, llevándose la mano a la boca. Se obligó a recobrar la compostura rápidamente. — Puede... puede que sea una intoxicación. Debe haber ingerido algo venenoso y por ello su cuerpo reacciona de esta manera.
— No, tampoco es eso —aseguró el doctor. — No es la primera paciente que aparece en este estado en mitad del río o el bosque. Hace un par de meses un hombre consiguió llegar por su propio pie hasta aquí, y antes que él, la esposa de un comerciante. Ambos lloraban sangre—explicó con un tono de voz cuanto menos pesimista.
— ¿Y qué les ocurrió? — quiso saber el hombre que había llevado a la mujer hasta allí.
— Murieron—. La rotundidad con la que Guermeur respondió a aquella pregunta hizo que se instaurase el silencio en la consulta, únicamente roto por los murmullos de la mujer cada vez más apagados. El hombre del bigote elegante comenzó a llorar, lo que reprobó las sospechas de Diane sobre él y aquella mujer. 

El Doctor hizo cuanto pudo en los minutos posteriores. Diane observó la forma en la que Guermeur administraba el novedoso sedante al cuerpo de la mujer mediante una aguja ancha clavada en la superficie de su antebrazo, sin embargo, la mujer pareció no cesar de sentir dolor incluso cuando le fue administrado un potente jarabe para las intoxicaciones. Finalmente, murió. 

Diane salió de la consulta con el rostro pálido y los puños apretados. Fuera, su hermana Eliette y su hermano Chandler aguardaban desde hacía rato en el interior de un carruaje familiar. El rostro de ambos se vio aliviado cuando Diane subió al vehículo y cerró la puerta después. — ¡Has tardado casi una hora en salir! —se quejó Eliette.
— Como padre se entere de que otra vez has demorado tiempo en la consulta...— anunció Chandler. — Se suponía que habíamos venido a comprar lazos para la costura de vuestros vestidos para el Mardi Gras ¿Qué vamos a decirle a padre cuando vea que vuelves con las manos vacías? Me había encargado cuidar de ambas mientras...
— Le diremos que no me ha gustado ningún lazo y que volveremos la semana que viene, porque ha llegado un nuevo cargamento desde Londres y aún no está a la venta. ¿Está claro? —preguntó Diane. Ambos hermanos percibieron en su voz la escasez de ánimos de discutir. Eliette era obediente y asintió, y Chandler era su hermano mellizo, de forma que llegaba a comprender mejor que nadie las emociones que su hermana transmitía y también asintió.
— ¿Vas a estar siempre ocultándole que sigues visitando al Doctor Guermeur para estudiar sus libros de medicina? 
— Por supuesto que no —respondió Diane — Solo hasta que me case... y tenga que ocultárselo a mi marido —aquel comentario provocó que Eliette se desternillara de risa. Su juventud y sus mejillas rosadas transportaron a Diane a un estado algo más relajado y tranquilo mientras el carruaje comenzaba su trayecto en dirección a la hacienda de los Fauredumont. Sin embargo, Diane sabía que no olvidaría con facilidad lo que había visto, ni mucho menos las confesiones del Doctor Guermeur que hacían entender, sin lugar a dudas... que una epidemia empezaba a asolar Nueva Orleans.

Hiram

Las blancas velas del navío comenzaron a recogerse con las primeras luces del alba. El puerto comenzaba a bullir con las idas y venidas de los estibadores que se preparaban, una vez más, a realizar su jornada de carga y descarga de decenas de materiales, cajas y diversos equipajes de los barcos que allí amarraban. De entre todos ellos, una persona sonriente y brillante descendía por la pasarela de madera hasta poner pies en el crujiente suelo del puerto. Las manos cruzadas tras su espalda mostrando unos relucientes y atrayentes gemelos dorados. Su mirada desprendiendo un halo de esperanza como pocas veces se había visto en su recién descubierta Nueva Orleans —Hiram— llamó una voz a a su espalda. El hombre se giró para contemplar con rostro afable y alegre a la mujer que descendía tras él, elegantemente vestida según la moda londinense —¿Es que has olvidado tus modales de caballero? El hombre con el que me casé jamás me dejaría atrás, sola, rodeada de marineros sudorosos y... malolientes— dijo la mujer entre jocosa y ofendida realmente. Miraba nerviosa por el rabillo del ojo a cada marinero y estibador que pasaba por su lado a lo largo de la pasarela de madera hasta llegar a manos de su esposo.
—Vamos Lauren, un poco de fe— concedió alegre Hiram —Estamos en el Nuevo Mundo. Aquí las cosas pueden ser distintas. No es necesario que creas que cualquier hombre o mujer de aspecto menos agraciado va a hacerte el menor daño— estrechó la mano de su mujer con afecto. Ella le sonrió por fin agitando ligeramente la cabeza, pero tal y como vino, la sonrisa se marchó con prestreza.
—Nueva Orleans, Londres, París... ¿Qué más da el lugar? Donde hay malhechores hay malhechores— suspiró la mujer.
—Vamos... no seas así— trató de animarla —No querriamos meternos en más problemas por desconfiar ¿No es cierto?— él bajó la cabeza, pero alzó los ojos para mirarla. Ella detestaba que la mirara así. Le recordaba a aquel tutor que cuando era pequeña...
—Señor Clay— un hombre de tez oscura y ropas harapientas se le acercó con pasos dudosos —¿Es usted el señor Clay...?—
—Sí, soy yo— dijo, dándole la espalda momentaneamente a su mujer. Ella bufó. Hiram la oyó.
—Me llamo Luther, señor. Estoy a su servicio. Me envía el amo Bartholomew Morgan a buscarle—
—Ah, Barty— rió —Maravilloso. Fantástico— miró a su mujer —Vamos Lauren. Te sacaré de este horrible, espantoso lugar— se burló de ella estrechando la mirada y con tono aniñado. La mujer de cabellos rubios entornó la mirada y volteó los ojos molesta, pero sin más remedio le siguió.

 Montaron en el carruaje que fue a buscarles, conducido por supuesto por el esclavo Luther. Para Lauren, aquel transporte era poco menos que un tablón de madera. Para Hiram también... pero él aún tenía mil ensoñaciones en su mente que le distraían de la pobreza que le rodeaba. Allí por donde pasaban reinaban barrios pobres, casas de madera destartaladas, henchidas por la humedad del mar, ríos y pantanos cercanos. El ambiente apestaba, de por sí. Una mezcla a agua estancada, deposiciones humanas y de animales... en definitiva, un infierno para sus sentidos acostumbrados a una Londres mucho más pulcra y refinada. Odiaría admitir ante Lauren que incluso el hedor de las interminables chimeneas de carbón sabían al más dulce vino en contraposición, pero por su orgullo se mantendría tan callado como en una misa.

Tras el largo recorrido, por fin dejaron atrás los muelles y zonas pobres para, finalmente, alcanzar una zona mucho más amplia, menos neblinosa, conforme el sol ascendía en el horizonte. Una elegante mansión se eregía rodeada de árboles en un precioso patio con una fuente que hacía sus veces de centro de decoración. Chorreaba agua graciosamente de la boca de un pez que parecía danzar, ignorante y ajeno a todo cuanto pasara por su lado. La sonrisa de Hiram no desaparecía ni por un instante. Incluso llegaba a no sentir el olor pesado y similar al cuero tratado que desprendía el esclavo. Lauren callaba sentada atrás, contemplándolo todo con renovado aire relajado, más acomodada por el ambiente acaudalado.

A pocos metros de detener al caballo que jalaba de la carreta, las puertas de la mansión sureña se abrieron para dar paso a un hombre tan jovial como Hiram y de edad parecida. Era algo más enjuto, de cabellos cortos y barba muy ligeramente descuidada por unos días. Su rostro era cuadrado, pero atractivo. Sus ojos claros, algo hundidos, que le conferían un aspecto severo incluso sonriendo. El esclavo, Luther, ni siquiera le miró a los ojos —¡Hiram! Mi viejo amigo— abrió los brazos en señal de bienvenida.
—Barty. Oh, Barty— cuando Hiram desmontó de la carreta, se acercó a su amigo y estrecharon las manos con entusiasmo. Luther se ocupó de ayudar a desmontar a Lauren —Qué bien te trata la vida— observó el recién llegado londinense al contemplar la preciosa mansión. Tan blanca era como las nubes en un plácido día de verano.
—Dios provee, amigo mío. Dios provee. Dios y unos buenos contactos en Nueva Orleans— rió —¿Qué tal ha ido el viaje?—
—Si te digo la verdad, algo agitado. La mar ha sido algo tosca con nosotros. Eso y que en el barco había un problema de ratas— bufó el inglés —Por un momento llegamos a temer que nos hundiríamos. Conforme pasaban los días cada vez se las veía menos—
—Y las ratas son las primeras en abandonar el barco ¿eh?— se mofó Bartholomew
—¡Por eso, amigo mío! Por eso, precisamente— correspondió Hiram a la risa. Lauren apareció tras él, con un ligero carraspeo.
—¿Pero qué ven mis ojos?— fingió sorpresa Bartholomew —La buena y hermosa Lauren nos acompaña en esta agradable velada— le tomó la mano con elegancia y se la besó con suavidad.
—Eso espero, señor Morgan. Que sea agradable, cuanto menos— dijo ella altanera.
—Discúlpala, buen amigo. Está un poco agitada por los acontecimientos; dejar nuestro hogar, el viaje, las ratas, rudos marineros que se la comían con los ojos...— sonrió. Lauren se estremecía sólo de percibir el descaro con el que hablaba de ello, como si ella no fuera su mujer, sino una vulgar ramera que le acompañaba sin valor alguno.
—Es más que comprensible. Por favor, pasad. Hay tanto de qué hablar. Tanto que preparar...— insistió Barty.
—Seguro que sí— asintió Hiram —¿Está todo listo para ver a ese conocido tuyo? El señor Feu... Feuro...— chasqueó los dedos.
—Fauredumont— sonrió divertido Barty.
—Qué apellido— agregó una sorprendida Lauren —¿Son marqueses o algo parecido?—
—Marqueses, no— ladeó ligeramente la cabeza el anfitrión —Pero sin duda son una de las familias más conocidas y reverenciadas aquí, en Nueva Orleans— visto que no se prestaban a entrar en la casa, Bartholomew comenzó a caminar hacia el interior y la pareja los siguió —Luther, cualquier equipaje de los señores, súbelo a la habitación de invitados— ordenó al esclavo.
—Sí, amo Morgan— asintió el negro.
—Sobre lo que te decía, Hiram, espero que tengas un poco de paciencia. El señor Fauredumont es un hombre ocupado y no estoy seguro de que podamos reunirnos con él tan pronto. Quizá esta noche, o mañana. Prometo que será pronto— sonrió.
—No puedo esperar a comenzar mis negocios, Barty. Compréndelo—
—Oh, lo comprendo, viejo amigo. Pero antes, busquemos una buena casa donde poder vivir junto a tu esposa. En cuanto descanséis un poco y comáis algo, nos pondremos en marcha— dio una suave palmada en el brazo a su amigo Hiram —Qué gran futuro nos aguarda a partir de hoy. Contigo aquí, vamos a ser los reyes de Nueva Orleans— ambos rieron con alegría.


 Arthur

 La noche era fría, opaca y mucho más oscura que la parisina. Más que la londinense. Arthur Rey, viejo francés con el aspecto de un joven treintañero, pocas veces se había sentido tan a gusto, pese a todo. El viaje, cuasi eterno por el aburrimiento, le tenía famélico. Salir del barco se le hizo una pequeña odisea casi inenarrable. Trastabillaba con sus enclenques pies descalzos. Sus pierna eran casi tan tan anchas como las articulaciones marcadas de sus muñecas. Su rostro estaba pálido, mucho más de lo normal en él. Sus mejillas eran cráteres sostenidos por los pómulos huesudos que casi amenazaban por atravesarle la frágil y blanca piel, del aspecto fantasmagórico de la luna. Sus ojos estaban hundidos y oscurecidos por unas ojeras infrahumanas y su cabello... Su cabello era una maraña insalubre de hebras del color de la plata. Vestía ropajes de Lord inglés, aunque estropeados, ajados y apestando a humedad concentrada. Las ratas lo habían roido casi por completo antes de que él las roiera a ellas. Ratas... su sangre... Su apetitosa y tibia sangre... El hecho de recordarlas le hacía estremecer y casi no podía caminar. Se agarraba entre cajas y postes para poder deambular como una especie de cadáver capaz de moverse por sí mismo. Su mera visión era horrible, espantosa. Capaz de arrancar pesadillas al mismísimo Lucifer si pudiera verlo. Pero ese estado pronto acabaría. Tenía hambre, estaba sediento y sentía cómo su cordura poco a poco se iba desvaneciendo a cada paso que daba. Su visión se volvía roja como la sangre que ansiaba beber. Sabía que no habría distinción entre hombre o mujer que se encontrara a su paso... y lo lamentaba profundamente, pues ni siquiera habría distinción si se trataba de un perro, un gato, o un niño.

El ruido de una tasca cercana le martilleaba los oídos, sensibles por la necesidad de alimento. La enorme tentación le cegaba a ir hacia allí y masacrar a toda la escena que pudiera molestarle, pero en sus últimos hilos de conciencia antes de convertirse en un monstruo, decidió alejarse un tanto para poder sobrevivir. Acababa de llegar a Nueva Orleans. No podía darse el lujo de mostrarse en público y demostrar qué era. Le buscarían, incendiarían la ciudad sólo por asesinarle. Y él sólo había cambiado de país en busca de nuevos aires, no para ganarse más enemigos incontables al otro lado del oceano. Fue así, entonces, como los vio.

Como un relámpago iluminando la noche, casi creía ver el destello de la sangre roja caminando por las calles: una pareja. Hombre y mujer daban ligeros tumbos por la nocturnidad, en pos de algo de intimidad. Cantaban unas alegres canciones sobre marineros y amores que esperaban en la orilla. Para Arthur, sólo sonaba un réquiem de unas almas perdidas.

Cuando los encontró entre las callejuelas llenas de barro y hervores de orín acre por el alcohol ingestado de aquellos que lo produjeron, la mujer jadeaba de forma incesante mientras el tipo le subía la sucia falda y la tomaba por detrás, contra la pared de una tienda de alimentación y enseres. Eran jóvenes, oh, sí. Jóvenes y llenos de vida. Él era blanco y ella, mulata, no del todo negra. Una mestiza, seguramente fruto de una violación por parte de un amo a su esclava. A Arthur poco le importaba el origen. Ambos eran hermosos. Y olían de maravilla entre la nauseabunda noche del muelle de Nueva Orleans.

Se acercó a ellos como una sombra observando el espectáculo. Cada acometida, cada beso en los hombros de la dama, cada vez que las manos del hombre aferraban los senos de la mujer. Oía sus corazones. Oía su sangre fluyendo como un río desvordado por sus venas. Cada vez más y más acelerado. Era delicioso, delirante. Le estaba hipnotizando. Estaba cerca, muy cerca de sentir lo que en sus días de mortal los hombres llamaban éxtasis o placer carnal. Estaba cerca, muy cerca, de sentirse excitado a niveles que no había percibido antes. De modo que no esperó ni un instante más. Entre los gemidos de los amantes se hizo hueco con una velocidad y fuerza descomunal. Al hombre lo apartó como quien quita una mota de polvo de la pechera de su traje y lo arrojó al barro tan desnudo de cintura para abajo como vino al mundo. La mujer hizo el intento de gritar, pero la agarró tan veloz de la parte trasera de la cabeza tirando de su cabello que el alarido de terror se apagó en cuanto los colmillos se hundieron en su cuello. Tan deliciosa era la sangre... que le decepcionaba. Ese aroma apetitoso se desvanecía por momentos. Se apagaba. Quedaba el dulce torrente propiciado por el miedo, pero no era tan cálido, no quemaba como antes. No oía el vapor en las venas de la mujer, ni tampoco en el del chico, que se estremecía ante el horror que presenciaba. Furioso ante el descontento, desangró a la mujer y la dejó caer cual muñeca de trapo al suelo. Con los labios sangrentes, dirigió su mirada al muchacho —Por Dios... por todos los ángeles y santos que haya en el cielo... ¿Qué clase de monstruo eres?— decía, congelado, incapaz de moverse por el miedo. Arthur, el demonio, el vampiro, cerró los ojos y aspiró el aroma de la sangre del joven. Sí... el miedo... el miedo bastaría. Estaba tan aterrado que le bombeaba la sangre como un carnaval animado por tambores. El dulce sonido aplacaba la ira de Arthur. Aquello, por supuesto, no le hizo responder a la pregunta.
—Lamento que tenga que ser así— afirmó entre quedos susurros —De verdad. Pero... tengo sed... mucha sed— tras aquellas palabras, pateó con fuerza el rostro del joven. Aturdido por el golpe, se arrastró con la nariz partida y sangrante, tratando de huir del agresor. Arthur, como una sombra, se cirnió sobre él antes de que el pobre muchacho se percatase. Monstruoso cual serpiente gigante, lamió con suavidad la sangre que goteaba entre los labios del muchacho. Éste apenas jadeó. Jamás había tenido tanto miedo... y jamás volvería a tenerlo.

Al día siguiente, y en los amaneceres venideros, nadie volvería a saber nada del chico ni de su amante mestiza. Dos desapariciones que iban a cambiar el curso de la vida de Nueva Orleans hasta límites que nadie bajo el amparo del sol podría sospechar.