miércoles, 2 de enero de 2019

Hiram

Las blancas velas del navío comenzaron a recogerse con las primeras luces del alba. El puerto comenzaba a bullir con las idas y venidas de los estibadores que se preparaban, una vez más, a realizar su jornada de carga y descarga de decenas de materiales, cajas y diversos equipajes de los barcos que allí amarraban. De entre todos ellos, una persona sonriente y brillante descendía por la pasarela de madera hasta poner pies en el crujiente suelo del puerto. Las manos cruzadas tras su espalda mostrando unos relucientes y atrayentes gemelos dorados. Su mirada desprendiendo un halo de esperanza como pocas veces se había visto en su recién descubierta Nueva Orleans —Hiram— llamó una voz a a su espalda. El hombre se giró para contemplar con rostro afable y alegre a la mujer que descendía tras él, elegantemente vestida según la moda londinense —¿Es que has olvidado tus modales de caballero? El hombre con el que me casé jamás me dejaría atrás, sola, rodeada de marineros sudorosos y... malolientes— dijo la mujer entre jocosa y ofendida realmente. Miraba nerviosa por el rabillo del ojo a cada marinero y estibador que pasaba por su lado a lo largo de la pasarela de madera hasta llegar a manos de su esposo.
—Vamos Lauren, un poco de fe— concedió alegre Hiram —Estamos en el Nuevo Mundo. Aquí las cosas pueden ser distintas. No es necesario que creas que cualquier hombre o mujer de aspecto menos agraciado va a hacerte el menor daño— estrechó la mano de su mujer con afecto. Ella le sonrió por fin agitando ligeramente la cabeza, pero tal y como vino, la sonrisa se marchó con prestreza.
—Nueva Orleans, Londres, París... ¿Qué más da el lugar? Donde hay malhechores hay malhechores— suspiró la mujer.
—Vamos... no seas así— trató de animarla —No querriamos meternos en más problemas por desconfiar ¿No es cierto?— él bajó la cabeza, pero alzó los ojos para mirarla. Ella detestaba que la mirara así. Le recordaba a aquel tutor que cuando era pequeña...
—Señor Clay— un hombre de tez oscura y ropas harapientas se le acercó con pasos dudosos —¿Es usted el señor Clay...?—
—Sí, soy yo— dijo, dándole la espalda momentaneamente a su mujer. Ella bufó. Hiram la oyó.
—Me llamo Luther, señor. Estoy a su servicio. Me envía el amo Bartholomew Morgan a buscarle—
—Ah, Barty— rió —Maravilloso. Fantástico— miró a su mujer —Vamos Lauren. Te sacaré de este horrible, espantoso lugar— se burló de ella estrechando la mirada y con tono aniñado. La mujer de cabellos rubios entornó la mirada y volteó los ojos molesta, pero sin más remedio le siguió.

 Montaron en el carruaje que fue a buscarles, conducido por supuesto por el esclavo Luther. Para Lauren, aquel transporte era poco menos que un tablón de madera. Para Hiram también... pero él aún tenía mil ensoñaciones en su mente que le distraían de la pobreza que le rodeaba. Allí por donde pasaban reinaban barrios pobres, casas de madera destartaladas, henchidas por la humedad del mar, ríos y pantanos cercanos. El ambiente apestaba, de por sí. Una mezcla a agua estancada, deposiciones humanas y de animales... en definitiva, un infierno para sus sentidos acostumbrados a una Londres mucho más pulcra y refinada. Odiaría admitir ante Lauren que incluso el hedor de las interminables chimeneas de carbón sabían al más dulce vino en contraposición, pero por su orgullo se mantendría tan callado como en una misa.

Tras el largo recorrido, por fin dejaron atrás los muelles y zonas pobres para, finalmente, alcanzar una zona mucho más amplia, menos neblinosa, conforme el sol ascendía en el horizonte. Una elegante mansión se eregía rodeada de árboles en un precioso patio con una fuente que hacía sus veces de centro de decoración. Chorreaba agua graciosamente de la boca de un pez que parecía danzar, ignorante y ajeno a todo cuanto pasara por su lado. La sonrisa de Hiram no desaparecía ni por un instante. Incluso llegaba a no sentir el olor pesado y similar al cuero tratado que desprendía el esclavo. Lauren callaba sentada atrás, contemplándolo todo con renovado aire relajado, más acomodada por el ambiente acaudalado.

A pocos metros de detener al caballo que jalaba de la carreta, las puertas de la mansión sureña se abrieron para dar paso a un hombre tan jovial como Hiram y de edad parecida. Era algo más enjuto, de cabellos cortos y barba muy ligeramente descuidada por unos días. Su rostro era cuadrado, pero atractivo. Sus ojos claros, algo hundidos, que le conferían un aspecto severo incluso sonriendo. El esclavo, Luther, ni siquiera le miró a los ojos —¡Hiram! Mi viejo amigo— abrió los brazos en señal de bienvenida.
—Barty. Oh, Barty— cuando Hiram desmontó de la carreta, se acercó a su amigo y estrecharon las manos con entusiasmo. Luther se ocupó de ayudar a desmontar a Lauren —Qué bien te trata la vida— observó el recién llegado londinense al contemplar la preciosa mansión. Tan blanca era como las nubes en un plácido día de verano.
—Dios provee, amigo mío. Dios provee. Dios y unos buenos contactos en Nueva Orleans— rió —¿Qué tal ha ido el viaje?—
—Si te digo la verdad, algo agitado. La mar ha sido algo tosca con nosotros. Eso y que en el barco había un problema de ratas— bufó el inglés —Por un momento llegamos a temer que nos hundiríamos. Conforme pasaban los días cada vez se las veía menos—
—Y las ratas son las primeras en abandonar el barco ¿eh?— se mofó Bartholomew
—¡Por eso, amigo mío! Por eso, precisamente— correspondió Hiram a la risa. Lauren apareció tras él, con un ligero carraspeo.
—¿Pero qué ven mis ojos?— fingió sorpresa Bartholomew —La buena y hermosa Lauren nos acompaña en esta agradable velada— le tomó la mano con elegancia y se la besó con suavidad.
—Eso espero, señor Morgan. Que sea agradable, cuanto menos— dijo ella altanera.
—Discúlpala, buen amigo. Está un poco agitada por los acontecimientos; dejar nuestro hogar, el viaje, las ratas, rudos marineros que se la comían con los ojos...— sonrió. Lauren se estremecía sólo de percibir el descaro con el que hablaba de ello, como si ella no fuera su mujer, sino una vulgar ramera que le acompañaba sin valor alguno.
—Es más que comprensible. Por favor, pasad. Hay tanto de qué hablar. Tanto que preparar...— insistió Barty.
—Seguro que sí— asintió Hiram —¿Está todo listo para ver a ese conocido tuyo? El señor Feu... Feuro...— chasqueó los dedos.
—Fauredumont— sonrió divertido Barty.
—Qué apellido— agregó una sorprendida Lauren —¿Son marqueses o algo parecido?—
—Marqueses, no— ladeó ligeramente la cabeza el anfitrión —Pero sin duda son una de las familias más conocidas y reverenciadas aquí, en Nueva Orleans— visto que no se prestaban a entrar en la casa, Bartholomew comenzó a caminar hacia el interior y la pareja los siguió —Luther, cualquier equipaje de los señores, súbelo a la habitación de invitados— ordenó al esclavo.
—Sí, amo Morgan— asintió el negro.
—Sobre lo que te decía, Hiram, espero que tengas un poco de paciencia. El señor Fauredumont es un hombre ocupado y no estoy seguro de que podamos reunirnos con él tan pronto. Quizá esta noche, o mañana. Prometo que será pronto— sonrió.
—No puedo esperar a comenzar mis negocios, Barty. Compréndelo—
—Oh, lo comprendo, viejo amigo. Pero antes, busquemos una buena casa donde poder vivir junto a tu esposa. En cuanto descanséis un poco y comáis algo, nos pondremos en marcha— dio una suave palmada en el brazo a su amigo Hiram —Qué gran futuro nos aguarda a partir de hoy. Contigo aquí, vamos a ser los reyes de Nueva Orleans— ambos rieron con alegría.


 Arthur

 La noche era fría, opaca y mucho más oscura que la parisina. Más que la londinense. Arthur Rey, viejo francés con el aspecto de un joven treintañero, pocas veces se había sentido tan a gusto, pese a todo. El viaje, cuasi eterno por el aburrimiento, le tenía famélico. Salir del barco se le hizo una pequeña odisea casi inenarrable. Trastabillaba con sus enclenques pies descalzos. Sus pierna eran casi tan tan anchas como las articulaciones marcadas de sus muñecas. Su rostro estaba pálido, mucho más de lo normal en él. Sus mejillas eran cráteres sostenidos por los pómulos huesudos que casi amenazaban por atravesarle la frágil y blanca piel, del aspecto fantasmagórico de la luna. Sus ojos estaban hundidos y oscurecidos por unas ojeras infrahumanas y su cabello... Su cabello era una maraña insalubre de hebras del color de la plata. Vestía ropajes de Lord inglés, aunque estropeados, ajados y apestando a humedad concentrada. Las ratas lo habían roido casi por completo antes de que él las roiera a ellas. Ratas... su sangre... Su apetitosa y tibia sangre... El hecho de recordarlas le hacía estremecer y casi no podía caminar. Se agarraba entre cajas y postes para poder deambular como una especie de cadáver capaz de moverse por sí mismo. Su mera visión era horrible, espantosa. Capaz de arrancar pesadillas al mismísimo Lucifer si pudiera verlo. Pero ese estado pronto acabaría. Tenía hambre, estaba sediento y sentía cómo su cordura poco a poco se iba desvaneciendo a cada paso que daba. Su visión se volvía roja como la sangre que ansiaba beber. Sabía que no habría distinción entre hombre o mujer que se encontrara a su paso... y lo lamentaba profundamente, pues ni siquiera habría distinción si se trataba de un perro, un gato, o un niño.

El ruido de una tasca cercana le martilleaba los oídos, sensibles por la necesidad de alimento. La enorme tentación le cegaba a ir hacia allí y masacrar a toda la escena que pudiera molestarle, pero en sus últimos hilos de conciencia antes de convertirse en un monstruo, decidió alejarse un tanto para poder sobrevivir. Acababa de llegar a Nueva Orleans. No podía darse el lujo de mostrarse en público y demostrar qué era. Le buscarían, incendiarían la ciudad sólo por asesinarle. Y él sólo había cambiado de país en busca de nuevos aires, no para ganarse más enemigos incontables al otro lado del oceano. Fue así, entonces, como los vio.

Como un relámpago iluminando la noche, casi creía ver el destello de la sangre roja caminando por las calles: una pareja. Hombre y mujer daban ligeros tumbos por la nocturnidad, en pos de algo de intimidad. Cantaban unas alegres canciones sobre marineros y amores que esperaban en la orilla. Para Arthur, sólo sonaba un réquiem de unas almas perdidas.

Cuando los encontró entre las callejuelas llenas de barro y hervores de orín acre por el alcohol ingestado de aquellos que lo produjeron, la mujer jadeaba de forma incesante mientras el tipo le subía la sucia falda y la tomaba por detrás, contra la pared de una tienda de alimentación y enseres. Eran jóvenes, oh, sí. Jóvenes y llenos de vida. Él era blanco y ella, mulata, no del todo negra. Una mestiza, seguramente fruto de una violación por parte de un amo a su esclava. A Arthur poco le importaba el origen. Ambos eran hermosos. Y olían de maravilla entre la nauseabunda noche del muelle de Nueva Orleans.

Se acercó a ellos como una sombra observando el espectáculo. Cada acometida, cada beso en los hombros de la dama, cada vez que las manos del hombre aferraban los senos de la mujer. Oía sus corazones. Oía su sangre fluyendo como un río desvordado por sus venas. Cada vez más y más acelerado. Era delicioso, delirante. Le estaba hipnotizando. Estaba cerca, muy cerca de sentir lo que en sus días de mortal los hombres llamaban éxtasis o placer carnal. Estaba cerca, muy cerca, de sentirse excitado a niveles que no había percibido antes. De modo que no esperó ni un instante más. Entre los gemidos de los amantes se hizo hueco con una velocidad y fuerza descomunal. Al hombre lo apartó como quien quita una mota de polvo de la pechera de su traje y lo arrojó al barro tan desnudo de cintura para abajo como vino al mundo. La mujer hizo el intento de gritar, pero la agarró tan veloz de la parte trasera de la cabeza tirando de su cabello que el alarido de terror se apagó en cuanto los colmillos se hundieron en su cuello. Tan deliciosa era la sangre... que le decepcionaba. Ese aroma apetitoso se desvanecía por momentos. Se apagaba. Quedaba el dulce torrente propiciado por el miedo, pero no era tan cálido, no quemaba como antes. No oía el vapor en las venas de la mujer, ni tampoco en el del chico, que se estremecía ante el horror que presenciaba. Furioso ante el descontento, desangró a la mujer y la dejó caer cual muñeca de trapo al suelo. Con los labios sangrentes, dirigió su mirada al muchacho —Por Dios... por todos los ángeles y santos que haya en el cielo... ¿Qué clase de monstruo eres?— decía, congelado, incapaz de moverse por el miedo. Arthur, el demonio, el vampiro, cerró los ojos y aspiró el aroma de la sangre del joven. Sí... el miedo... el miedo bastaría. Estaba tan aterrado que le bombeaba la sangre como un carnaval animado por tambores. El dulce sonido aplacaba la ira de Arthur. Aquello, por supuesto, no le hizo responder a la pregunta.
—Lamento que tenga que ser así— afirmó entre quedos susurros —De verdad. Pero... tengo sed... mucha sed— tras aquellas palabras, pateó con fuerza el rostro del joven. Aturdido por el golpe, se arrastró con la nariz partida y sangrante, tratando de huir del agresor. Arthur, como una sombra, se cirnió sobre él antes de que el pobre muchacho se percatase. Monstruoso cual serpiente gigante, lamió con suavidad la sangre que goteaba entre los labios del muchacho. Éste apenas jadeó. Jamás había tenido tanto miedo... y jamás volvería a tenerlo.

Al día siguiente, y en los amaneceres venideros, nadie volvería a saber nada del chico ni de su amante mestiza. Dos desapariciones que iban a cambiar el curso de la vida de Nueva Orleans hasta límites que nadie bajo el amparo del sol podría sospechar.

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