Lionel.
Los días se fueron sucediendo, y a cada pocos, el señor Clay volvía a reunirse en la casa de los Fauredumont para adelantar ideas de negocios. Lionel siempre estaba presente en dichos encuentros y, por supuesto, se estaba comenzando a llevar demasiado bien con Hiram. Ese hecho no parecía extrañarle a nadie, pues eran nuevos socios. No obstante, para alguien observador, podría resultar llamativo que Lionel se estuviese inmuscuyendo demasiado rápido con un desconocido, pues Hiram Clay no era nadie con quien hubiese cultivado algún tipo de trato durante los años que llevaban viviendo. Aquello, por supuesto, beneficiaba a Lionel en gran medida.
Un hijo tan perfecto como era él para el señor Gerard era todo un orgullo. Creció con una educación y valores férreos, intachables. Era todo un digno sucesor del apellido Fauredumont y de la fama que ellos cosechaban en toda Louisiana, pero cabía señalar, aunque Gerard no supiera verlo, que ningún hijo es la réplica exacta de un padre. Lionel tomó unas convicciones un tanto más extremas que las de su padre. Veía a los esclavos como eso, esclavos. No era un servicio al que se les daba comida y un techo a cambio de incontables horas de trabajo. Eran cucarachas, ratas, insectos que no valían para nada más que para trabajar. Debían de estar agradecidos a él, a su padre, a todo hombre blanco que les acogía, pues al menos tenían algo que llevarse a la boca ¡Y no contentos con eso, además debían de pagar un precioso dinero a los negreros para comprarlos! Esa era una de tantas razones que alejaban a Lionel de su padre, esa y muchas más, como su completa y total devoción por la religión y Dios, a quien consideraba más sagrado, por supuesto y según las escrituras, que su propia esposa, su familia o él mismo. Por esa precisa razón detestaba enormemente las preguntas que su hermana Diane se había hecho a sí misma a lo largo de los años y que aún se hacía. Su inclinación a interesarse por ese arte mal llamado ciencia, que si bien era útil para aliviar dolores y aplacar enfermedades, no era sino obra del Señor el ser sanado o no. Pues las plantas, los remedios que componían los jarabes y medicamentos, eran creación del Altísimo. Y si pensaba tan sólo en la posibilidad de que hombre y mujer fueran iguales ante la ley, derechos y demás... le daban ganas de vomitar —Por jesucristo, nuestro señor... Amén— concluyó, cerrando lentamente la pequeña biblia.
—Amén— le acompañó la voz de su esposa, tímida y susurrante, abrazándose a su pecho. Ambos se encontraban semi desnudos bajo las cáras sábanas blancas tras haber practicado una sesión de placentero sexo, más para él que para ella, aunque Mary se sentía complacida con sólo hacerle feliz —No deberías preocuparte tanto, querido. Dios entiende que estamos casados, y, como marido y mujer, no hace falta que reces a cada vez que nos amamos—
—Daño no nos hace el rendirle el culto que merece— masculló somnoliento —Mas en su amparo estamos, si bien sabe que cada cosa que hacemos, es por seguir su palabra—
—Un hijo...— sonrió tontamente Mary —Cuánto deseo ser madre, Lionel...—
—Y yo, querida...— le besó tiernamente la frente —Y yo...—
—Oye... Me acabo de acordar de algo— lo miró divertida —¿Has oído que viene el circo?—
—¿Otra vez, Mary?— dijo con voz cansada —Ya sabes que detesto ese tipo de antro. Esas... carpas sucias, ajadas. Ese olor, sus caras pálidas... La última vez que fuimos fue un completo suplicio—
—Oh, por favor... Estos días estás que no paras con el señor Clay y tu padre. Permíteme un pequeño capricho. Una noche de esparcimiento. A parte de esta— sonrió bobalicona.
—En qué momento te puso la vida en mi camino...— la besó con dulzura —Que siempre sabes cómo desviarme de mis atenciones— sonrió también —Diré a los demás que vengan— aquello apagó el rostro de Mary.
—¿Los demás?—
—Diane, Eliette... Ya me entiendes— cerró los ojos.
—Yo creí que podríamos pasar una velada a solas, ya sabes...—
—Y a solas estaremos al volver aquí, al dormitorio. Ahora duérmete. Estoy cansado—
—De acuerdo, querido...— volvió a besarle y se acomodó a su lado, en la almohada. Quizá era normal... supuso la mujer. A cuantos más, más divertido... o eso le decían siempre. ¿Era mala por desear pasar tiempo a solas con él? No consiguió dormirse dándole vueltas a esas cuestiones.
Unos días después, por fin, llegó la gran noche. Un carruaje llevó a la rama joven de la familia Fauredumont a aquel enorme lugar llamado circo: una gigantesca carpa de lonas blancas que guardaba en su interior un sin fin de números estrafalarios que disfrutar. El camino estaba iluminado por mil y un quinqués y trabajadores del circo armados con antorchas, haciendo las veces un papel teatral, como si fuesen unos sirvientes tétricos. Al parecer, ese numerito lúgubre estaba encantando a lo largo y ancho de los estados que iban recorriendo. Mary estaba entusiasmada. Lionel se mostraba enormemente aburrido y desinteresado. Eliette parecía algo asustada y Chandler también algo incómodo e inquieto por las personas que lo rodeaban. Diane por supuesto estaba algo agitada y miraba a todas partes un tanto desconcertada —Tal vez hubiese sido mejor que se quedaran en casa— comentó Mary con inocencia, agarrada al brazo de su esposo —¿Os da miedo todo esto?—
—Es muy raro— observó Eliette.
—Yo diría que es demasiado oscuro ¿Se supone que es un lugar divertido?— agregó Chandler.
—Es un lugar de fantasía— inquirió Lionel con poca paciencia.
—Una oscura fantasía— concluyó Diane —No me imagino las mentes que hay detrás de todo este conglomerado. Hay poca cabida para esta oscuridad en una mente sana y normal—
—Esas no son pesquisas que tú seas capaz de realizar— comentó friamente Lionel con una sonrisa. Diane frunció los labios y miró de nuevo a esas figuras con luces y atuendos oscuros —Hemos llegado, por fin—
Arthur
El interior de aquel lugar al que llamaban circo era, cuanto menos, alentador. Luces pálidas que casi resultaban frías. Decorados negros, blancos y rojos que hacían las delicias de cualquiera que vivía entre sombras y sangre. Un ambiente inquietante, lleno de corazones palpitantes. Bajo su sombrero de copa contemplaba cada detalle con sumo mimo y cuidado. Sus ojos veloces, ávidos y hambrientos de conocimiento estudiaban a cada ser humano que se adentraba bajo las altas lonas de aquella carpa. Estaba en pie, tan inquieto en la zona baja de las gradas, que casi parecía ser parte de la agrupación —Señor ¿Va a ver el espectáculo?— le preguntó alguien a su espalda. Una voz femenina. Arthur se giró despacio y la observó como quien mira un cuadro recién pintado y trata de discernir su significado. Bajo la piel, carne y huesos de esa mujer, no latía un corazón —Usted...— ella frunció el ceño —¿Quién eres tú?— obvió los modales al percatarse, tanto como él adivinó de ella, que se trataba de un congénere vampiro. Un vástago de la noche pero, que a su vez, no pertenecía al grupo.
—Tenéis aquí montado un espectáculo exquisito— señaló con un dedo a todo el lugar, tallando un círculo imaginario en el aire —Ciertamente espectacular... En mi época esto estaba mal visto. Todo llevado por gitanos, vagos y muertos de hambre que pasaban la bolsa por unas monedas— sonrió Arthur de forma gélida.
—Este lugar es para los vivos— susurró de mala gana la mujer, para que nadie la oyese —Te pido que te marches. No toleramos a los extraños—
—Ya...— musitó —Sólo me pasaba a saludar. Os he sentido llegar... Me hizo pensar que vosotros me sentisteis a mí—
—No hemos sentido nada. Lárgate, por favor. No queremos un escándalo en este lugar. No queremos que un accidente nos desenmascare ante el mundo—
—¿Accidente?— ladeó Arthur la cabeza —¿Qué accidente?—
—Tú no eres de aquí. Por tus palabras y tu actitud lo deduzco. Y nunca te hemos... sentido, como tú lo dices, por aquí. Nos ha costado generaciones enteras ofuscar nuestra presencia en las sombras para que ahora un neonato como tú nos fastidie con su hambre voraz. Pues acabamos de llegar y ya hemos oído que dos personas desaparecieron hace unos días— acusó.
—Culpa al vampiro de la desaparición de dos personas en un lugar atestado de caimanes— sonrió Arthur —No me conoces en absoluto, señora...—
—No te diré mi nombre. Te pido por última vez que te marches o me obligarás... Nos obligarás, a todos, a echarte— advirtió por última vez. Arthur recorrió su hermosa y larga cabellera oscura, tanto como su piel, hasta que por fin asintió. Se tocó suavemente el ala del sombrero y a paso calmado, salió de la carpa.
El espectáculo entonces avanzó. Hombres y mujeres lanzando fuego por la boca, saltimbanquis, gente capaz de saltar de un extremo a otro sin utilizar cuerdas. Incluso uno se atrevió a caminar desde el pilar central hacia el techo, de forma completamente vertical. El público estallaba en aplausos mientras que a su vez sentían el espanto. Pero los colores... Oh, los colores. El mundo oscuro que había fuera, dentro de la carpe, estaba repleto de mil y un arcoiris diferentes. Esa explosión de gustos y sabores oculares satisfacían a todos los presentes sin excepción alguna y los apaciguaba. Los hipnotizaba de manera sutil. Arthur lo sabía. Arthur lo comprendía. Y aprendía de ello como cada noche en aquel nuevo lugar, Nueva Orleans.
Cuando el espectáculo terminó, la gente fue saliendo en grupo. Tantos eran que nadie pareció añorar a algunos cuantos desaparecidos de forma repentina, seguramente sirviendo de alimento a los vampiros disfrazados como miembros de ese espectáculo circense de mal gusto. Arthur observaba agazapado en las penumbras, custodio silencioso de las opiniones de todos cuanto salían de la carpa y comentaban el espectáculo. Le llamó la atención, por tanto, una muchacha joven que al salir acompañada de unas cuantas personas más, dijo querer retrasarse un segundo —¿A dónde crees que vas?—
—Sólo quiero felicitar a la agrupación— dijo Diane.
—¿Felicitar? ¿Por este esperpento?— gruñó Lionel —Seguro que son peligrosos—
—¿Todo lo que se opone a ti es peligroso o terrible, hermano?— frunció el ceño la joven.
—Controla tu tono, Diane. Soy tu hermano mayor, no lo olvides—
—Y yo soy mayorcita también, Lionel. Sólo quiero dar una enhorabuena y regresaré enseguida—
—No te preocupes querido. Estamos aquí. La esperaremos— sonrió Mary, sólo por tener a una persona menos cerca. Lionel bufó.
—Apresúrate, niña. No me hagas ir a buscarte o mandaré quemar este lugar— Diane sabía perfectamente que podría lograrlo si se lo proponía, y no quería en absoluto que eso sucediese. Con tal condición, se apresuró.
Caminó y caminó tratando de encontrar a la agrupación, pero estaban completamente ausentes. Ni siquiera se encontraban en sus carros, donde parecían dormir. Allí tenían varias lonas cubriendo diversos tipos de útiles y un puñado de cajas bastante grandes. Era un lugar siniestro, aquel asentamiento... pero sin duda, bello. Aún sin nadie, si se imaginaba allí, podía saborear la libertad. Sólo con pensar en haber visto a esas mujeres haciendo lo mismo que los hombres. Capaces de prácticamente volar, saltar, escupir fuego por la boca... ¿Qué clase de vida permitía lo que no se permitía en la ciudad? Distraida por sus pensamientos caminó un poco más, sin rumbo, buscando a alguien a quien felicitar. Sobre todo buscaba a la mujer negra que parecía haber estado dirigiendo el espectáculo. Había preguntas que podría contestar, seguro. Pero no fue a ella a quien encontró —¿Se ha perdido?— la voz joven, sosegada y segura la asaltó por detrás. Muy, muy cerca. La chica dio un respingo y se llevó la mano al pecho por el susto, pero acabó riendo.
—Disculpe. Sólo buscaba a...— al girarse y contemplar al extraño, su sonrisa se borró un poco. Sus ropas estaban ajadas, casi iba completamente de negro y su aspecto no daba muy buena espina. Sin embargo era joven y bien parecido, apuesto, guapo incluso. Atrayente. No recordaba, de todas formas, haberle visto en el espectáculo —...sólo buscaba a la agrupación. Quería darle la enhorabuena por el número—
—¿Realmente considera que hay algo que felicitar en este espanto?— miró Arthur a su alrededor —Yo lo encuentro ciertamente pavoroso—
—Bueno, todos tienen su opinión— sonrió Diane y comenzó a sopesar las formas de salir de la situación —Bueno... Está claro que no hay nadie por aquí. Me marcho, pues. Buenas noches tenga usted, señor—
—Es peligroso andar sola por estos lugares en plena noche, señorita— advirtió Arthur.
—Lo sé. Vuelvo a casa en seguida. Gracias por su consejo— fue a pasar por su lado cuando sintió una irrefrenable curiosidad por ese individuo. Bajó el ritmo de su paso y se giró despacio para volver a mirarle —¿Quién es usted? No le he visto actuando, si forma parte de todo esto—
—Bueno... Yo no lo llamaría "de todo esto"— dijo risueño —Pero en cierta manera sí formo parte—
—Ah— dijo aliviada —Entonces lo comprendo ¿Una especie de director?—
—Tampoco lo llamaría así— cruzó las manos tras la espalda —Pero sí un conocido de los trabajadores de este lugar. Un viejo... allegado— sonrió a la chica de forma encantadora.
—Estupendo— sonrió Diane tontamente, sin percatarse —Sólo quería felicitarles por la labor. No es fácil conseguir un ambiente sobrecogedor que acaba sorprendiendo y llenando los sentidos—
—A veces puede resultar más sencillo de lo que parece— asintió Arthur.
—Y también permítame decirle que estoy más que impresionada con la inclusión femenina y racial que hay en los números. Sobre todo aquella mujer que parecía dirigirlo todo. De piel de ébano—
—Sé a quién te refieres— dijo divertido —Una mujer con fuego en los ojos y en el pecho. No cabe duda— Diane sonrió ante ese comentario nuevamente.
—Yo...— se mordió el labio —Si me permite preguntar... y no es mucha molestia...—
—¿Sí?— Arthur dio un muy ligero paso hacia ella.
—Quería saber sólo cómo ha sido posible. Quiero decir... ¿Hombres trabajando codo con codo con mujeres? Comprenderá que es algo extraordinario de ver. Digno de un circo, si me permite— rió con su propio comentario —Perdone, eso ha sido innecesario—
—En absoluto— masculló dando otro paso silencioso y cada vez, más letal.
—Yo...— Diane sintió que se le escapó ligeramente el aliento al verle acercarse. Era más atractivo de lo que había apreciado hacía un instante. Era encantador, casi. Quizá el hombre más guapo que había visto nunca —¿Sería posible... lograr eso en el mundo? Quiero decir...—
—Sé lo que quieres decir— se plantó finalmente ante ella con la suavidad de movimiento de un fantasma. Casi parecía no pisar el propio terreno al avanzar —Y déjame decirte que sí... Todo es posible, hermosa señorita— susurró de forma mágica para los oídos. Diane sintió un relámpago sacudirle la espalda y sus interiores —¿Le gustaría que el mundo cambiara, es eso?—
—Sí...— susurró ella prendida de sus ojos.
—Oh... Entonces seguro que cambiará...—
—¿De verdad...?— no se daba cuenta de lo cerca que estaba Arthur de ella.
—Claro que sí... ¿Es que no cree en Dios? ¿Alguien a quien rezar... y pedirle sus deseos...?— casi empezaba a saborear la piel y la sangre de la joven.
—Dios... Yo... ¿Rezar...? No...— negó ligeramente con la cabeza. Pero Arthur, repentinamente, se detuvo.
—¿Cómo que no?— alarmada por lo que había dicho, se recompuso. Aquella hipnosis desapareció de forma abrupta.
—Osea... ¡Perdón! Quiero decir, sí... No digo que no exista, no negaría jamás la existencia de Dios. Seguramente él nos puso aquí. Estamos aquí por él. Creó todo cuanto nos rodea y vela por nosotros desde su trono...—
—¿Pero?— Arthur se sentía entusiasmado.
—Creo que puedo decírselo ¿No?— suspiró —Si a fin de cuentas sois tan avanzados como para comprender que el muro que separa a hombres y mujeres no es tan alto ni tan ancho como el mudo se empeña en ver...— bajó ligeramente la mirada —Sólo digo que... Creo en Dios pero no puedo asimilar del todo bien que él dirija mis pasos, ni los de los demás. Tampoco termina de convencerme que la biblia nos diga su palabra. Porque si somos sus hijos... ¿Por qué somos tan diferentes ante sus ojos?— Arthur no daba crédito a lo que oía.
—Creame, señorita...— musitó fascinado —Que pienso exactamente lo mismo que usted—
—Es... un poco liberador, si me permite... Siento molestarle con estos asuntos—
—¡DIANE!— se oyó de pronto en la lejanía.
—Cielo santo. Tengo que irme, señor. No quisiera causar problemas— dijo alterada. No esperó a despedirse para salir huyendo a toda prisa en dirección a su hermano —¡Discúlpeme! ¡Hasta pronto, señor!— Arthur la observó correr tanto como le permitía su vestido y sus zapatos, perdiéndose en la neblina de la humedad nocturna. El hombre se quedó quieto en el sitio, con un brillo de diversión en los ojos.
—Hasta muy pronto... Diane— sonrió.
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