martes, 8 de enero de 2019

Diane

Habían pasado ya varias semanas desde que Diane y sus hermanos fueron a visitar el circo en los primeros días tras su llegada y asentamiento en Nueva Orleans. Se podía decir que aquello era costumbre, puesto que desde la primera aparición de un circo y su espectáculo en la ciudad, los hermanos habían acostumbrado a visitarlo una vez cada temporada. Normalmente, Diane acababa satisfecha con lo que había podido ver: enérgicos trapecistas, magos habilidosos y payasos algo desgraciados. Sin embargo, aquella última vez, la extrañeza se había apoderado de su cuerpo.

Cualquiera de sus hermanos, e incluso sus padres, podía pensar que estaba pasando por una enfermedad, que se encontraba algo alicaída o que estaba pasando por una mala racha de sentimientos femeninos. Pero Diane no salía de su habitación por razones que solamente ella conocía. Aquella noche, en el circo, había decidido querer conocer a las mujeres que trabajaban en él, a aquellas personas libres, sin ataduras, que viajaban de ciudad en ciudad mostrando al público las habilidades que eran capaces de desarrollar. Sin embargo, nunca llegó a hacer tal cosa. En vez de buscar a aquella mujer de tez negra y presentarse, se entretuvo charlando con un hombre totalmente desconocido del que ni si quiera sabía su nombre... De una forma, cuanto menos, imprudente ¡¿Como había podido hacer tal cosa?! Lo recordaba todo a la perfección: su rostro, sus ojos, su sonrisa. La forma en la que le hablaba, el arrullo de su voz cerca de su oído, la frialdad de su piel; la dulzura, la sutileza... el deseo. Apretó los puños con odio, acostada aún sobre su cama, sabedora de que su forma de ser y su actitud no casaban con aquella faceta que había mostrado frente a aquel desconocido ¡¿Qué diantres le había pasado?! Durante las primeras noches, en las que apenas pudo cerrar los ojos, contempló la posibilidad de que se hubiese enamorado a primera vista. No le pareció una idea descabellada, dado que su forma de comportarse había sido idéntica a la de otras muchachas, incluso antiguas amigas, cuando se encontraba un hombre atractivo cerca. Pero cuanto más lo pensaba y vueltas le daba, menos se sostenía aquella posibilidad. Si pensaba en aquel caballero, no sentía ningún tipo de atracción, ni deseo ni nada que pudiese parecerse al amor. Entonces ¿Qué le había ocurrido? La impotencia rodeaba su cuerpo a la par que una terrible sensación de traición y manipulación... No estaba entendiendo nada ni deseaba hacer nada más que pensar, de forma que cuando llegó el Mardi Gras, sus ánimos se encontraban totalmente por los suelos.

Cuando el Carnaval llegaba a Nueva Orleans, los Fauredumont acostumbraba a transitar poco las calles de la ciudad. El colorido típico de la fiesta que conmemoraba la cercanía de la cuaresma hastiaba el corazón de Gerard, quien, desde que enviudó por primera vez, había decidido celebrar con más intimidad tal acontecimiento. Cada año, en el último martes de Carnaval, la hacienda de los Fauredumont habría sus puertas para vecinos y allegados, en pos de celebrar una evento pequeño e íntimo con la temática propia de la fecha. Las máscaras acompañaban a los vestidos y ropajes de los invitados, así como la música resonaba en el salón después de que numerosos muebles fuesen aparatados por los esclavos horas antes de que diese comienzo la celebración.
Diane detestaba aquella celebración. El sentido moralista que la sociedad le había otorgado al evento le parecía de lo más hipócrita. Sin embargo, tenía que admitir que adoraba bailar y charlar con los invitados cada año. La llegada de los mismos le aportaba vitalidad a la hacienda, así como su rostro oculto tras una máscara, algo de más de intimidad para conversar con quien quisiese. Por ello, aquella noche, decidió apartar sus pensamientos a un lado y hacer hueco para su vestido nuevo sobre su cuerpo.

Cuando las primeras estrellas decoraron el cielo oscuro y algo neblinoso, los invitados, los mismos de siempre, comenzaron a llegar. Aquel año, en la carta de invitación de Gerard se había especificado que había que lucir máscaras con temática animal, algo que sin duda alguna había sido idea de Eliette. Por ello, el salón, poco a poco, pareció convertirse en un zoológico. 

Diane había terminado de hacer ondas en su cabello cuando salió de su habitación. La planta superior de la casa se encontraba totalmente vacía. El murmullo, las risas y el jolgorio se elevaba por el hueco de las escaleras, dotando al lugar en el que la chica se encontraba de un aura de lo más tranquila. Decidió, por tanto, aprovechar la distracción de la familia para caminar a hurtadillas hacia el despacho de su padre. Había estado tan ensimismada con sus propios problemas que había olvidado prestar atención a los asuntos que cocerían a la familia, de forma que no podía pasar una noche más sin que estuviese al día de todo. Al entrar en el despacho de su padre, Diane tomó asiento sobre el enorme sillón que presidía la mesa de estudio, repleta de libros, lápices y mapas. Apenas le bastó una hojeada para distinguir en los mismos las viviendas más cercanas al Bayou. El río Mississipi lucía distinto en aquel papiro, puesto que una enorme estructura, el triple de grande que su hogar, rodeaba la desembocadura. 
—Señorita Fauredumont, no esperaba encontrarla aquí —. La voz de Hiram Clay captó su atención, pero no consiguió sobresaltarla. Diane elevó la vista hasta clavarla en el recién llegado, quien cargaba nuevos mapas enrollados bajo el brazo. Vestía una chaqueta morada, a juego con unos pantalones oscuros y una máscara de zorro colgada aún bajo su cuello. —¿Que la trae por aquí?
—¿No es un poco extraño preguntar algo así a quien vive en esta casa? —se limitó a preguntar la chica.
—Es cierto—sonrió el hombre —Es solo que pensaba que Gerard prohibía la entrada a su despacho a todos sus hijos.
—¿Incluso a Lionel?—. Hiram Clay no emitió respuesta alguna. En el aire podía palparse la decepción en la voz de la mujer. —¿A que ha venido?
—Su padre me dijo que dejase estos mapas en su despacho antes de unirme a la fiesta. No podíamos demorar más este asunto.
—Así que el negocio sigue. Mi padre ha caído en sus zarpas. Muy adecuada la máscara que ha decidido traer, los zorros son unos animales de lo más astutos —explicó la chica. El señor Clay se tomó unos minutos para procesar aquella frase mientras cerraba la puerta a sus espaldas, decidiendo si aquello había sido o no un insulto. —Su propuesta es una locura.
—¿Qué sabe de mi idea?—preguntó el hombre, repleto de curiosidad.
—Que es lo suficientemente arriesgada como para que haya acudido a mi padre—comenzó a decir Diane mientras Hiram se acercaba lentamente hacia la mesa. —Un hombre, recién llegado de Londres, con una idea brillante entre sus manos... sin crédito bancario—sonrió la chica. —Deduzco que no ha acudido a un banco nada más llegar porque sabe que es una empresa tan arriesgada que jamás le darían ni un solo centavo como inversión. Y si ha acudido... está claro que se lo han negado. Y por eso está aquí, bajo el amparo del dinero de mi padre.
—Señorita Fauredumont, si cree que he venido a engañar a su padre...
—No he dicho que haya venido a engañarlo. Sólo pienso que quiere que se engañe así mismo, tanto como lo está usted—suspiró. Hiram se quedó sin habla, extraño, a la vez que impactado, de que una mujer le hablase de aquella manera sobre negocios. Diane volvió a echar una mirada rápida a los mapas. —¿Puedo ver los que trae? —. Sin mediar palabra, el hombre los colocó sobre la mesa y los extendió con las manos, de forma que la mujer pudo contemplar unos planos mucho más detallados y precisos que los anteriores.
—Permítame la indiscreción... ¿Sabe algo de arquitectura? 
—En absoluto —rió la chica —Pero nací en estas tierras, he recorrido este suelo...—señaló la chica con la yema del dedo, acariciando el mapa como si pudiese corretear sobre él —¿Piensa talar todo el Bayou para conseguir alzar el astillero?
—No cabe duda de que hay madera de sobra en esos pantanos.
—¿Y los caimanes? Sus hombres morirán si dan un pie en falso.
—Extremaré la seguridad.
—¿Y qué hará con quienes viven ahí dentro?—. Diane alzó la vista para clavar sus ojos en los del hombre que tenía frente a ella. Hiram se había quedado callado.
—¿Quien vive ahí?
—Hombres libres, yo creo—se limitó a responder la chica. —Yo que usted, me aseguraría de que tiene todo bajo control antes de empezar. Perder dinero solo le haría volver corriendo a Londres... y yo iría detrás de usted para cobrarme la deuda de mi padre—amenazó con tono burlón. —Por todo lo demás... he de admitir que son unos planos muy precisos. ¿Los ha dibujado usted?—sonrió con dulzura. Ese Hiram... no le caía del todo mal. 

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