Diane
El olor de la sala era desagradable. Según explicaba el Doctor Guermeur, las personas solían detestar aquel olor porque les evocaba sensaciones horribles y dolorosas, fruto de recuerdos trágicos y desafortunados. Arrugaban la nariz a la par que en sus mentes se reflejaba el rojo característico de la sangre y el morado que adquiría la superficie de una piel malherida. Diane, sin embargo, había dejado de detectar aquel olor hacía ya unos años.
La consulta de Guermeur estaba en pleno centro de Nueva Orleans. La asiduidad con la que la población aparecía para solicitar sus servicios era prácticamente frenética a pesar de que el entorno físico podía llegar a causar pavor: frascos sobre las baldas, agujas sobre la mesa cerca de la entrada, material quirúrgico en la sala interior y gasas llenas de sangre en el cubo de la basura. Aquel días, sin embargo, el ambiente parecía estar mucho más tranquilo. Aquello debía ser una buena señal, dado que significaba que la gente gozaba de buena salud. Para Guermeur, sin embargo, aquello era una mala noticia. Caminaba de un lado para otro con las manos agarradas tras su espalda. Su rostro lucía preocupado, apagado y somnoliento. Parecía que de un momento a otro iba a perder los pocos pelos que quedaban agarrados a su prominente calvicie, o eso pensó la chica mientras alzaba la vista sobre las oscuras y apegadas letras del libro que tenía en las manos.
— Está siendo demasiado dramático, Doctor — soltó la mujer, cruzando una pierna sobre la otra y acomodándose en el sillón de la entrada.
— ¿Dramático? ¿A caso no es un problema que no haya hombres con heridas, mujeres parturientas y niños resfriados? —apuntó alzando la mano. Seguidamente, emitió un bufido y se relajó. Tomó asiento sobre un pequeño taburete que, normalmente, estaba en la zona de cirugía.
— No es la primera vez que sucede. Hay días mejores y días peores. El negocio de mi padre funciona de la misma manera —explicó ella, terminando por cerrar el libro y dejándolo sobre su regazo. La cubierta era de un color azul oscuro, y su textura, excesivamente rugosa. Pesaba sobre sus rodillas como si se tratase de una piedra.
— Su padre, señorita Fauredumont, puede permitirse un par de días malos —añadió el Doctor, pasándose una mano por su frente sudorosa. La temperatura era implacable en aquella ciudad. El clima tropical amedrentaba los ánimos de cualquier persona nimiamente sulfurada, haciéndola sudar sin control alguno. — Más aún teniendo mano de obra gratuita...
— Eso es un tema muy delicado como para discutirlo en este lugar —se apresuró a decir la chica. Su mirada se había vuelto fría y dura, y su rostro, amenazaba con mostrar una mueca furiosa.
— Tiene razón, tiene razón... —admitió el hombre. — ¿Que le ha parecido ese libro? —preguntó, cambiando rápidamente el tema de conversación para que el ambiente que se había creado regresase a la normalidad. Diane se quedó callada unos segundos para reflexionar la respuesta que iba a dar. Acariciando el libro con la yema de sus dedos, deseó no tener que dejarlo allí tras emitir su breve veredicto.
— Es... curioso. Intuyo que puede llegar a crear algo de controversia entre la población mas conservadora. Sin embargo, creo que hasta un niño comprendería que todo lo que nos rodea tiene una explicación lógica, incluso la fecundación, como es este caso —. En efecto, el libro que el Doctor le había prestado trataba sobre el procedimiento que seguía la fecundación humana. Mentiría si dijese que no se había sentido abrumada leyendo sobre el proceso en la consulta frente al Doctor, pero había merecido la pena. — La genética humana, el desarrollo embrionario... es fascinante —añadió. — ¿Es seguro?
— No tengo libros que traten de pamplinas poco contrastadas. Ese acaba de llegar y créame, está firmado por doctores de gran renombre.
— Entonces solo puedo decir que es realmente fantástico. Ahora encajan varias cosas y puedo imaginar de una forma más exacta como ocurre todo. Imagino que esto le ayudará en futuros compromisos con clientas.
— Apuesto a que sí, aunque quizás ellas no crean nada de lo que pueda llegar a contarle sobre óvulos y esperma —rió el Doctor, consiguiendo que la chica también se carcajease — De todas formas, ya sabe que tengo este libro a su disposición. Podría llevárselo a casa, estudiarlo detenidamente y devolverlo cuando crea que ha aprendido todo cuanto quería sobre él.
— Es muy amable, como siempre, pero ya sabe que prefiero no llevar este tipo de libros a casa. Mi padre sigue sin aceptar que su hija tenga inquietudes ajenas a las puramente femeninas y mi hermano considera que los temas maritales son los que ya deberían llamar mi atención. Aparecer con este libro solo haría que la discusión se estableciese y perdurase durante horas. Y ya estoy un poco cansada de eso... —explicó con voz queda y lastimosa. La chica devolvió el libro a su dueño, con el rostro que una madre podría si le ofreciese su hijo a otra mujer. Cada vez que Diane tenía que renunciar a algo que adoraba, sentía que una aguja se clavaba sobre su pecho... y ya tenía demasiadas clavadas.
— Si yo fuera su padre, señorita Fauredumont, le dejaría la llave de la biblioteca familiar. No veo que mal puede hacer a una mujer que adquiera conocimientos médicos. Más aún si es su pasión.
— Eso mismo pienso yo, pero...
Diane quiso hablar, explicar mejor su situación, hacer comprender al doctor que su sufrimiento iba más allá de una simple prohibición. Sin embargo, la campanita que colgaba frente a la puerta sonó de forma violenta y acelerada cuando un par de personas la abrieron de par en par. Una de ellas era un hombre blanco que lucía un bigote elegante, quien a su vez, cargaba como mejor podía a la otra, una mujer negra de aspecto enfermo y débil. — ¡Ayuda, por favor! —gritó el hombre desesperado. El Doctor y Diane se levantaron de sus asientos como un resorte, nerviosos y ansiosos de comprender qué ocurría — ¡La he encontrado a las orillas del río! —aseguró el hombre con tono desesperado. Diane alzó una ceja ¿Por qué un hombre se interesaría por el estado de una mujer que, a juzgar por sus ropajes, era una esclava? Su instinto y sus conocimientos le hacían entender que allí ocurría algo más, algo que aquel hombre no deseaba explicar, de forma que ella decidió no preguntar.
— ¿Qué le ha pasado? — preguntó el Doctor, cargando a la mujer hacia la sala de cirugía. La dejó sobre el sillón en el que trataba a sus pacientes. Una vez sentada, la chica pudo contemplarla mejor: convulsionaba de forma acelerada a la par que sudaba, murmuraba algo que apenas podía llegar a entender y sangraba por la boca.
— No lo sé. La he encontrado así —explicó el hombre. Sus manos temblaban como las de un niño asustado.
— Odio preguntar esto, pero ¿Podrá pagar el servicio? —preguntó el Doctor algo apurado.
— No se preocupe, Doctor. Yo pagaré lo que sea necesario. Pero, dígame ¿Qué le está ocurriendo?— Guermeur echó mano de su estetoscopio para auscultar a la paciente. Su rostro era como un libro abierto, de manera que Diane supo que, a primeras instancias, el Doctor no se hacía una idea de lo que podía ocurrir.
— ¿Podría ser síntoma de una fiebre alta? —se atrevió la chica a preguntar. Tenía que admitir que estaba nerviosa a la par que deseosa de dar un poco de luz al asunto, demostrándose a sí misma que era tan válida como un hombre para ejercer la profesión.
— Sería algo extraño, sin duda —respondió el doctor, apartando el estetoscopio. Con sus manos, tomó los párpados de la mujer, obligándola a abrirlos. Sus lágrimas cayeron pos sus mejillas de un color totalmente antinatural. Lloraba algo parecido a la sangre. — ¿Pero qué diantres...?
— Oh, Dios Santo... —murmuró la chica, llevándose la mano a la boca. Se obligó a recobrar la compostura rápidamente. — Puede... puede que sea una intoxicación. Debe haber ingerido algo venenoso y por ello su cuerpo reacciona de esta manera.
— No, tampoco es eso —aseguró el doctor. — No es la primera paciente que aparece en este estado en mitad del río o el bosque. Hace un par de meses un hombre consiguió llegar por su propio pie hasta aquí, y antes que él, la esposa de un comerciante. Ambos lloraban sangre—explicó con un tono de voz cuanto menos pesimista.
— ¿Y qué les ocurrió? — quiso saber el hombre que había llevado a la mujer hasta allí.
— Murieron—. La rotundidad con la que Guermeur respondió a aquella pregunta hizo que se instaurase el silencio en la consulta, únicamente roto por los murmullos de la mujer cada vez más apagados. El hombre del bigote elegante comenzó a llorar, lo que reprobó las sospechas de Diane sobre él y aquella mujer.
El Doctor hizo cuanto pudo en los minutos posteriores. Diane observó la forma en la que Guermeur administraba el novedoso sedante al cuerpo de la mujer mediante una aguja ancha clavada en la superficie de su antebrazo, sin embargo, la mujer pareció no cesar de sentir dolor incluso cuando le fue administrado un potente jarabe para las intoxicaciones. Finalmente, murió.
Diane salió de la consulta con el rostro pálido y los puños apretados. Fuera, su hermana Eliette y su hermano Chandler aguardaban desde hacía rato en el interior de un carruaje familiar. El rostro de ambos se vio aliviado cuando Diane subió al vehículo y cerró la puerta después. — ¡Has tardado casi una hora en salir! —se quejó Eliette.
— Como padre se entere de que otra vez has demorado tiempo en la consulta...— anunció Chandler. — Se suponía que habíamos venido a comprar lazos para la costura de vuestros vestidos para el Mardi Gras ¿Qué vamos a decirle a padre cuando vea que vuelves con las manos vacías? Me había encargado cuidar de ambas mientras...
— Le diremos que no me ha gustado ningún lazo y que volveremos la semana que viene, porque ha llegado un nuevo cargamento desde Londres y aún no está a la venta. ¿Está claro? —preguntó Diane. Ambos hermanos percibieron en su voz la escasez de ánimos de discutir. Eliette era obediente y asintió, y Chandler era su hermano mellizo, de forma que llegaba a comprender mejor que nadie las emociones que su hermana transmitía y también asintió.
— ¿Vas a estar siempre ocultándole que sigues visitando al Doctor Guermeur para estudiar sus libros de medicina?
— Por supuesto que no —respondió Diane — Solo hasta que me case... y tenga que ocultárselo a mi marido —aquel comentario provocó que Eliette se desternillara de risa. Su juventud y sus mejillas rosadas transportaron a Diane a un estado algo más relajado y tranquilo mientras el carruaje comenzaba su trayecto en dirección a la hacienda de los Fauredumont. Sin embargo, Diane sabía que no olvidaría con facilidad lo que había visto, ni mucho menos las confesiones del Doctor Guermeur que hacían entender, sin lugar a dudas... que una epidemia empezaba a asolar Nueva Orleans.
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