jueves, 3 de enero de 2019

Diane

Cuando la cena concluyó, los hombres decidieron retomar los asuntos sobre los nuevos negocios en solitario. Se encerraron en el salón con un cargamento compuesto de dos botellas de bourbon y una enorme disposición a la escucha de los invitados, dejando atrás a la señora Clay, quien decidió aceptar la invitación cordial de Alice cuando ésta sugirió mostrarle toda la casa. Eliette decidió acompañar a ambas mujeres y Chandler subió las escaleras en dirección a su estudio, en el cual tenía deber que atender.

Diane, por su parte, se quedó sola en la entrada del hogar. Se acarició los brazos con una mueca de disgusto mientras observaba las puertas blancas cerradas del salón. Se atrevió a caminar de puntillas hasta rozar con la yema de los dedos la superficie lisa de la misma, en la cual colocó posteriormente la oreja. A penas llegó a oír nada más que murmullos de voces varoniles, imposibles de comprender desde aquella distancia. Odiaba, en demasía, ser apartada del negocio familiar. Desde que era niña, había crecido observando el funcionamiento de la plantación de tabaco, oyendo los planes de su padre y espiando las reuniones de socios que tenían lugar en aquella hacienda. Estaba segura de que entendía tanto como su hermano Lionel las necesidades que el negocio requería en cada momento y detestaba que tanto él como su padre la tuviesen apartada tanto de la plantación como de sus gustos personales. — No debes leer ese tipo de libros Diane, no debes querer entender los negocios de un hombre Diane... —comenzó a murmurar, imitando la voz de su padre, mientras se alejaba del salón el dirección a la puerta principal. —La medicina es un oficio de caballeros, quizás podrías contraer matrimonio con un doctor, Diane —siguió murmurando, ésta vez, imitando a su hermano Lionel. —Nuestros socios no nos verían con buenos ojos si formas parte del negocio, Diane—concluyó. Abrió la puerta para tomar una bocanada de aire fresco nocturno y húmedo. Echó la mirada atrás para asegurarse de que estaba completamente sola en aquel instante y aprovechó la situación para descender las escaleras de la entrada y rodear la hacienda con pasos ligeros.

El jardín principal de la hacienda estaba compuesto por una enorme hilera de robles enormes y robustos que perfilaban un largo sendero que conectaba el hogar con los carriles exteriores. Sin embargo, la parte trasera de la casa, apenas tenía algo que ver con ésta última. Los robles desaparecían para dar paso a un jardín sencillo y modesto en el que varias cabañas de madera oscura y húmeda quedaban asentadas de forma dispar. Y más allá, extensos kilómetros de plantaciones de tabaco dibujaban el contorno de la línea más lejana que los ojos de Diane podían observar desde su posición. Sin embargo, no era el límite de su visión lo que a la chica interesaba. Con pasos cortos y tímidos se acercó hacia las casetas en la que los esclavos empezaban a acudir, recién terminada su jornada. Alguno de ellos apartaba la mirada cuando veían a la chica acercarse, mientras otros se esforzaban en esbozar una sonrisa amable para su ama. Diane no era tonta. Siempre había percibido aquella sensación, aquella angustia. Casi podía oírles maldecirla a ella y a su apellido, a pesar de que, si por ella fuera, ninguno de aquellos hombres y mujeres estarían allí. Por suerte, no todos los esclavos pensaban que fuese una ama horrible y despreciable. Todos aquellos quienes habían tenido la oportunidad de conocerla y hablar con ella, sabían que era una mujer en la que se podía confiar. Y uno de ellos, era Sam. El chico de color se encontraba en el porche de una de las cabañas en las que dormía él y cinco hombres más. Se estaba despojando de la chaqueta con la que Gerard Fauredumont le había obsequiado, con el propósito de que la luciera sólo cuando hubiese visitas en la hacienda. —Siempre la has detestado —se atrevió a decir Diane a sus espaldas. Cuando su voz resonó en el lugar, algunos esclavos decidieron apartarse y entrar en sus pequeñas viviendas. La chica supo rápidamente que ninguno de ellos quería verse implicado en los mismos problemas que Sam...
—Es como vestir la hipocresía—explicó sin sobresaltos. El hombre lanzó una mirada insegura a todo el lugar —¿Estas solas?
—Si no lo estuviera no estaría aquí—replicó la chica, encogiéndose de hombros. Al hacerlo, sintió que los vellos de los hombros de le erizaban. La noche era fría aquel día, lo suficiente como para lucir vestidos de cuello de barca. —¿Como ha ido todo hoy?
—Como siempre —arrugó la nariz. —Tu hermano Lionel se ha encargado hoy de revisar el trabajo. A Delilah le han dado diez latigazos. Sintió nauseas durante la mañana y tuvo que detenerse durante un rato —explicó con cierto asco en la voz. Diane sabía que no estaba recriminándole nada, pero lo sentía como tal.
—Lo siento mucho— dijo en voz bajísima, lo suficiente como para que nadie pudiese oírle. Si por ella fuera, preferiría que todos supiesen que ella estaba en contra de aquella situación, pero era mejor dejar las cosas tal y como estaban. —Ella está embarazada ¿No es así?
—Lo estaba. Ha perdido al bebé está misma tarde—. La contundencia con la que Sam escupió aquellas palabras, hizo que Diane no supiese responder ni actuar mientras el chico abandonaba el porche y se encaminaba hacia las raíces de un árbol cercano.
—Oh... Sam—. Fue lo único que la chica alcanzó a decir mientras seguía sus pasos.
—Déjalo, no digas nada. A fin de cuentas, no puedes hacer nada ¿Verdad? —. Esta vez, Diane captó cierto veneno en la voz del hombre. Sus ojos estaban inyectados en sangre y su mandíbula estaba tan apretada, que parecía que iba a morder en cualquier momento.
—Sabes que no—respondió la chica cuando alcanzó su posición. Le señaló con el dedo mientras Sam se acuclillaba frente a un balde de agua y se refrescaba el rostro. —Sabes que yo os liberaría, sabes que yo jamás os pondría la mano encima—continuó. —Yo nunca os he mirado como alguien inferior a mi... y lo sabes perfectamente —. A medida que hablaba, el tono de voz de la chica fue descendiendo. Aquella última frase inquietó a Sam, quien volvió a ponerse en pie y suspiró.
—Lo sé, no necesito que te excuses más. Es sólo que... —tomó aire —No aguantamos más esta situación. Tenemos hambre porque no comemos lo suficiente, apestamos a sudor y mierda porque no podemos apenas asearnos; tenemos la ropa echa jirones porque ni si quiera tenemos un hilo y una aguja con el que coser.
—Yo podría intentar...
—No intentes nada. Cada vez que te involucras en algo, tú acabas en tu habitación y yo con un par de cicatrices nuevas en la espalda —recordó. Diane calló porque a Sam no le faltaba razón. Habían planeado tantas cosas juntos desde su niñez... y ninguna de ellas había terminado bien. —Deberías irte ya.
—Sí... sólo quería saludar. Hace casi un mes que no hablamos.
—Sí, es verdad —. En el rostro de Sam se dibujó una pequeña sonrisa que hizo que a la chica se le rompiese el corazón simplemente imaginando que aquella podría ser la primera sonrisa del hombre después de algunos días sin poder mostrarla.
—Además, te quería preguntar algo —carraspeó. La atención del hombre se vio rápidamente centrada en el rostro serio de la chica. —¿Estáis todos bien? A salud, me refiero. ¿Algo fuera de lo normal?
—Nada que no tenga que ver con la situación en la que estamos —respondió Sam tras unos segundos de meditación. —¿Por qué?
—Es que... puede ser que nos esté asolando una enfermedad desconocida —explicó —En cualquier caso, si alguno de vosotros enferma de ropa rara, si os pasa algo... dímelo, por favor. Dímelo y cuanto antes. Se trata de algo grave.
—¿Ya estás leyendo otra vez libros de medicina en la consulta del Doctor? —río el chico.
—No es una broma, Sam. Lo he visto con mis propios ojos y no es algo agradable. El Doctor no sabe de qué se trata. Así que si sabes algo...
—Te lo diré, de acuerdo —terminó por ceder el hombre.

Apenas la pareja tuvo tiempo para charlar durante unos minutos cuando, a las espaldas de ambos, la dulce voz de Eliette resonó lejana. Pronunciaba el nombre de su hermana, llamándola. Era como si una campana resonase, haciendo saber a Diane que era hora de marcharse y regresar a su habitación. Y sabía que era mejor no demorarse, porque si los minutos pasaban y no aparecía, la encontrarían allí y todos sospecharían. —Me tengo que marchar. Procuraré volver pronto.
—No lo hagas si no es seguro—añadió el esclavo, quien empezó a retroceder para volver a la casucha en la que dormitaba durante unas pocas horas cada noche. —Y Diane... por cierto—. La mujer se detuvo en seco, expectante de cuanto el hombre quisiera decirle. —No quería decírtelo, pero... el bebé de Delilah no es de ninguno de los que estamos aquí—. Diane no supo como hacer frente a aquellas palabras. En primer lugar, fue incapaz de cambiar su expresión, para, posteriormente, fruncir el ceño.
—¿Qué estas queriendo decir?
—No puedo explicarlo mejor, no me pidas que lo deletree porque ni si quiera se escribir —se defendió el hombre percibiendo la tensión en su amiga. —La criatura que iba a nacer no es de ningún hombre de aquí. Lo sabríamos y ella lo habría dicho.
—¿Estás acusando a mis hermanos o a mi padre de tener algo que ver, Sam? —. El veneno en la voz de la chica casi podía palparse, y quemaba. —Porque si es así, quiero que sepas que...
—No estoy acusando, Diane. Sólo te estoy informando. Creo que es mejor que lo sepa. Confiaba en que... sabrías procesar la información —terminó por decir. Sam no se despidió, sino que se marchó sin más con el rostro impregnado en pensar y desconcierto. A Diane le sabía la boca amarga. En su cabeza no había lugar para imaginaciones.

Cuando regresó a la hacienda, encontró a sus padres, Gerard y Alice, y a sus hermanos, despidiéndose del señor y la señora Clay, así como del señor Morgan. Los hombres, quienes se habían encerrado en el salón con semblante serio, habían salido del mismo con aires alegres y joviales. En especial Lionel, quien tenía dibujada de forma permanente una sonrisa bajo su recortada barba. Algo inusual en él.
—Ha sido un placer conversar con usted, señor Clay—confesó Gerard.
—El placer ha sido mío, señores Fauredumont —respondió Hiram Clay.
—Y una hospitalidad exquisita— añadió su esposa.
—Espero verles pronto por aquí. De hecho, señor Clay, creo que requeriremos su presencia en esta casa en las próximas semanas. Este negocio no es algo que debamos tomarnos a la ligera, pero tampoco algo que debamos dejar pasar. En una ciudad tan creciente como ésta, los negocios nacen y prosperan a una velocidad insospechada. No sería agradable que alguien nos arrebatase nuestro plan—explicó Lionel. Su voz era sosegada, un profundo y largo susurro.
—¿Habéis aceptado el negocio?—preguntó Diane, entrometiéndose. El silencio que se formó apenas duró unos segundos, roto en mil pedazos por la carcajada de Hiram Clay.
—Eso espero, señora Fauredumont—aseguró el hombre.
—Señorita—le corrigió con cierta vergüenza.
—Disculpen a mi hermana. Es una mujer un tanto enérgica —se excusó Lionel. Diane se sintió enormemente irritada de que fuese él quien la corrigiese en vez de su padre. Mary, su cuñada, carraspeó levemente para que su esposo la dejase tranquila.
—No hay nada que disculpar. Las mujeres en Londres son apagadas, tristes y taciturnas. Una mujer con carácter es algo que hay que apreciar —sonrió, para, sin previo aviso, tomar la mano de la chica y posar sus labios sobre el dorso. Diane no prestó tanta atención a aquel beso como al rostro de la señora Clay, quien había decidido mirar hacia otro lado. Intimidada por la situación, devolvió al señor Clay una sonrisa amable y dejó a los invitados marcharse.

Observó como montaban en el carruaje familiar al final del sendero, justo donde la hilera de robles terminaba, pensando que empezaban a ocurrir cosas demasiado deprisa, y todas, parecían querer estar ajenas a ella.

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