jueves, 3 de enero de 2019

Lauren

La promesa de conocer al señor Fauredumont era cuanto menos inquietante, en el buen sentido, para el bueno de Hiram. Desde que llegó a Nueva Orleans no había parado de hacer preguntas sobre el conocido dueño de la plantación de tabaco de la ciudad, sabiendo que era de los más ricos e influentes. Barty, a esas alturas, estaba un poco angustiado por no poder contactar con el ocupado magnate y tener a su recién llegado amigo pegado a su oreja hora tras hora, día tras día.

Afortunadamente para el señor Morgan, los Clay ya había encontrado una parcela donde vivir. Una casa más pequeña que la de su anfitrión, por supuesto, pero igualmente elegante y bien provista de diversidad de comodidades. Morgan se ofreció a comprarle a los Clay unos esclavos, que Hiram aceptó encantado. Lauren, no tanto. Habían pasado ya unos años desde que la esclavitud se abolió en Londres y la dama estaba más que contenta con ese hecho. Los criados percibían una remuneración por sus servicios en el hogar que residían antes y ello ayudaba a que la mujer se sintiera más humana. Nueva Orleans, para ella, era como volver atrás en el tiempo. Donde el olor del sudor se mezclaba con el de la sangre de cientos de hombres y mujeres de color. Donde no se les veía apenas sonreír. Donde sólo se les oía cantar, en tono lúgubre, canciones con un ritmo maravilloso que en otras condiciones, podrían ser el surgimiento de un nuevo género. No obstante, por más que comentó el asunto con Hiram, éste parecía estar enormemente entusiasmado con la idea de ser un nuevo terrateniente a punto de expandirse en sus negocios con socios acaudalados y esclavos a los que no debía pagar para hacerle la vida más fácil —Míralo por el lado positivo, Lauren. Cada centavo, cada dolar, como tenemos aquí, es única y exclusivamente para nosotros. Ahora no vas a tener que preocuparte por nada de verdad. Te pertenecen. Haz con ellos lo que te plazca— llegó a decirle mientras tomaba un vaso de bourbon en las soledad de su nueva hacienda.
—Si hago lo que me place, significará darles la libertad, Hiram— comentó ella mirando el fuego en el hogar.
—¿Por qué eres siempre tan negativa, Lauren?— preguntó el hombre consternado.
—¿Cuál es la razón por la que estamos aquí, Hiram?— respondió ella con otra pregunta —¿Con qué razón hemos cruzado el oceano para llegar a este lugar? ¿Qué pretendes conseguir aquí que no tuvieramos ya en Londres? Tenías un puesto elevado. Teníamos dinero. Y ahora estamos aquí, a medio prestado, por un viejo amigo de tu infancia con el que comenzaste a cartearte ¿Qué te prometió Bartholomew que te hiciera abandonar todo por Nueva Orleans?— ante la insistencia, Lauren sólo obtuvo de respuesta el sonido del líquido alcohólico agitándose en el pequeño vaso de cristal. Las sombras proyectadas por el fuego hacían del rostro de Hiram un cuadro indescifrable —¿Qué ha pasado, Hiram? ¿Por qué desde hace unos años el hombre del que me enamoré ha decidido ignorarme por completo, a mí, mis necesidades y mis deseos, por un atávico egoismo? ¿Desde cuando te importa tanto el dinero y el triunfo?— a esas últimas preguntas, de nuevo, más silencio. Sólo la mirada severa de Hiram.
—Creo que estamos cansados, querida. Vayámonos a dormir— se acabó el vaso de un trago —Adelántate, eso sí. Voy a salir a tomar el aire. Te veré en la cama— su quietud, su calma, su precisión a la hora de moverse, erizó los vellos de la mujer. Silenciosa como un fantasma, decidió obedecer. Aquella noche no le gustaba en absoluto.

Al llegar el alba, la mujer se despertó con el hueco de la cama vacío a su lado. Las mantas no estaban más removidas de lo que ella las había agitado al dormir. No había huella alguna de la presencia de su esposo a su lado esa noche ¿Dónde se habría metido? Se preguntaba. Decidió vestirse con un traje cómodo de color crema y bajó las escaleras con el cabello suelto, sin ganas ni necesidad de peinárselo demasiado. Oyó entonces risas en el salón y ello la llevó a apresurarse.

Allí estaba Barty tomando un té junto a su marido, ambos de buen humor y sonrientes a más no poder. A su lado, Mildred, una de las esclavas, se mantenía cabizbaja y con los puños cerrados. Lauren percibió temor en ella. Era tan joven... —Buenos días, Lauren. Por todos los santos, estás preciosa con el cabello suelto— observó Bartholomew.
—¿Verdad? No son pocas las veces que le digo que un aspecto más... salvaje, poco adoctrinado, le sentaría de miedo— el tono y el aspecto de Hiram era completamente distinto —¿Quieres tomar algo querida? Mildred puede ocuparse— con sólo decir aquello, la chiquilla, de unos 18 años, se apresuró a servirle a ella una taza.
—N-no... Gracias. Aún no— se abrazó a sí misma. El ambiente era gélido pese a que Nueva Orleans era muy calurosa y agobiante a plena luz del día, incluso dentro de su hogar.
—Llegas en buen momento, querida. Finalmente tenemos una reunión con Gerard Fauremont esta tarde. Todo está por fin en marcha— la alegría de Hiram era... contagiosa. El corazón de la mujer se infló como un globo al verle sonreír de esa manera, pero aún así, estaba descontenta con tanto secretismo, tanto misterio... tanta avidez de dinero.
—Fantástico— sonrió simplemente —Es fantástico, querido— ambos hombres volvieron a ignorarla, tanto como a Mildred, mientras hablaban de negocios. El día iba a ser largo.

Hiram

Chaqueta y pantalón, chaleco gris y pañolón negro al cuello. Tal era la elegancia que lucía el señor Clay mientras se veía llevado junto a su amigo Bartholomew y Lauren. Su amigo gustaba del color azul en sus ropajes, mientras que Lauren vestía un elegante y sofisticado vestido rojo recién comprado en el mejor sastre de la ciudad, cortesía de Bartholomew. Los nervios estaban a flor de piel. Y más cuando por fin el transporte se detuvo frente a la mansión Fauredumont. Casi mareaba el tamaño del patio delantero ¡Y no quería imaginar Hiram el trasero! Ni el tamaño de las plantaciones. Pero oh, sí que quería imaginar la cartera del dueño de todo eso.

Entraron atravesando la gran puerta principal de acceso, conformada por un millar de barrotes de acero rodeano la hacienda hasta donde alcanzaba casi la vista en el crepúsculo. La noche no tardaría en caer, lo cual otorgaba una mayor intimidad al encuentro. Siguieron a Bartholomew, que a su vez, se dejaba guiar por un trabajador, por supuesto, negro, que los aguardaba. Allá, en la puerta, ya se encontraba el buen señor Gerard acompañado por Lionel, su hijo mayor. Ambos tenían un rostro duro, marcado, cuadrado. El semblante varonil con el que hacían guardia sólo podía ser más embriagador e intimidante si se tenía presente el poder económico del que hacía gala la familia que vivía en ese lugar. A Hiram le faltaba el aliento y Lauren no se vio capaz de mirar a los ojos a los anfitriones —Messieurs— saludó Barty con una ligera inclinación de cabeza y una sonrisa cautivadora —Me complace presentaros a mis buenos y recién llegados amigos. Hiram Clay y su hermosa esposa, Lauren Clay— Lauren asintió velozmente y Hiram extendió la mano como un relámpago. Para sorpresa de ambos, Gerard estalló en carcajadas.
—Por el amor de Dios ¿Qué os pasa?— estrechó gustosamente la mano de Hiram —Mi buen hombre, cualquiera diría que está usted ante un rey— bromeó.
—¿Y no es así?— correspondió Hiram.
—Según el punto de vista— sonrió Lionel.
—Ah, no hagáis el menor caso a este canalla que tengo por hijo— palmeó el hombro de su hijo con cariño, el cual no hizo otra cosa que devolverle la pícara sonrisa a su padre —Por favor, no estéis tan nerviosos. Pasad, pasad. La humedad de esta ciudad es infernal—

El interior de la mansión era tan sobrecogedor como el exterior. Preciosa, una verdadera belleza sureña digna de admirar —Sam— llamó Gerard —Sam— un muchacho no muy mayor se personó a toda velocidad. Estaba sorprendentemente bien vestido para ser alguien del servicio doméstico —Vamos a acomodar a las visitas. Di a cocina que pueden preparar la cena, y avisa a los chicos a que bajen a presentar sus saludos a los invitados— Sam asintió —Ah. Y Sam...— el muchacho de color se dio la vuelta como un rayo —No tardes— a Lauren no se le escapó el tono de aquella advertencia, mientras que a los demás sólo les pareció una simple orden de un hombre acomodado. No, no era una orden. Era un aviso.

Los recién llegados fueron invitados a sentarse en unos cómodos sofás de exquisita selección mientras aguardaban al resto de la familia. La primera en bajar fue la esposa de Gerard, Alice, junto a la esposa de Lionel, Marie. Una verdadera belleza de cabellos rubios como los de Lauren, y tan elegante como su esposo. Luego los siguieron Eliette y Chandler, los otros hijos de Gerard y Alice. Hiram sí se percató de la diferencia de edad que tenían con Lionel, el primogénito. Al igual que la diferencia de edad entre Gerard y Alice. Por supuesto, omitió por completo esos detalles —Una familia encantadora— sonrió Hiram.
—¿Dónde está Diane?— inqurió Lionel algo tenso.
—Eso quisiera saber— murmuró Gerard.
—Estoy aquí— la ligera voz cansada de Diane se dejó oír. Al parecer, tras haber notado la inquietud en el ambiente ante su falta. Hiram y Lauren, tal y como con los demás, dirigieron su mirada a la recién llegada. La diferencia entre marido y mujer fue que Hiram no pronunció palabra alguna ante su presencia.
—Tan guapa...— se sorprendió Lauren —¡Qué ojos!— la aduló.
—Yo también tengo los ojos claros— sonrió Eliette.
—Por supuesto que sí— concedió Lauren. Se animaba al tener más mujeres cerca que la acompañasen entre tanto hombre —Es una familia encantadora— concluyó. No se percató del silencio de su marido, ni de sus ojos eclipsados por Diane.
—Muchas gracias por sus cumplidos, señora Clay. Sentémonos a esperar la cena— pidió Gerard —Mientras tanto...— miró a Hiram —¿Cual era, a fin de cuentas, el motivo de este fantástico encuentro?—

La conversación se prolongó hasta el momento de la cena. Hiram narró a un amable y paciente Gerard el abandono de Londres y la llegada a Nueva Orleans. Bartholomew corroboró las historias de Hiram y por supuesto, se habló de la amistad que desde muy jóvens les unía allí, en Inglaterra, y que se perpetuó en el tiempo a través de largas, eternas, conversaciones a base de correspondencia que tardaba vidas enteras en llegar a manos de uno y otro. De vez en cuando, Lauren entablaba conversación con Alice o Eliette. Conversaciones mucho más breves y educadas. Casi parecía una evaluación constante de una a otra. Diane, por otro lado, se mantenía callada y escuchaba mayormente la conversación de los hombres —Sin duda una amistad enriquecedora— apuntilló de repente Lionel en mitad de la conversación —Pero dudo, señor Bartholomew, que nos haya reunido en esta mesa, a esta hora, para alardear de su amistad con el señor Clay ¿Me equivoco?— Gerard rió ante tal palabrería.
—Sé educado Lionel. Pareces el más pequeño de la familia con ese tono vehemente— corrigió.
—No. No, tiene razón— se atrevió Hiram, reuniendo todo el valor a través de su ilusión —Es cierto. El señor Lionel está en lo correcto. No deberiamos dilatar más este momento, por mucho que la velada sea agradable— la mesa se sumió en un profundo silencio ante la expectación —Señor Fauredumont, si he insistido tanto en conocerle a través de mi amigo Bartholomew es porque, ahora que estoy asentado aquí en Nueva Orleans y ante la perspectiva más que clara de que será una estancia permanente— sus ojos pasaron por un momento a admirar a Diane y, luego, de vuelta a Gerard —Tengo un plan, un trato de negocios, en el que creo que puede estar usted interesado— el rostro de Gerard se frunció ligeramente.
—¿Negocios, señor Clay?— esbozó media sonrisa —Muy tentador debe ser, sin duda, para que me pueda llegar a interesar. Sabrá usted que dispongo de lo que necesito, a mi antojo. También quiero advertirle de que no consideraré que sea una oferta inocente la que esté a punto de proponerme— se podía cortar la tensión. Gerard era un hombre sabio y astuto —Si bien sé que el señor Morgan dispone de riquezas y terrenos, que acudan ambos a mí significa que requieren más de lo que tienen— jugueteaba con sus dedos sin pestañear. Los ojos clavados en Hiram, taladrándole los pensamientos —Sé que no me equivoco. Y tampoco quiero que esto sirva como una amenaza ni nada por el estilo. Sólo quiero que sepa, de antemano, que puede estar a punto de insultarme en mi propia casa, frente a mi familia, si trata de estafarme el más mínimo centavo— sólo una suave y dulce risilla de Lionel rompió el silencio.
—Padre...— Diane se atrevió a abrir la boca.
—Silencio— ordenó Lionel —Estos asuntos no te conciernen, Diane— Hiram miró a la chica ante la brusquedad de su hermano mayor. Esperaba verla ruborizada, cabizbaja, resignada, como toda mujer. Se encontró con que miraba a su hermano a los ojos con una sobriedad que sólo había visto en hombres determinados.
—¿Y bien, señor Clay?— la voz de Gerard sacó a Hiram de su ensimismamiento.
—Ah, eh, sí... A ver... Por dónde iba...— se manoseó las mangas nervioso por la distracción.
—El astillero— recordó Bartholomew.
—¿Astillero?— preguntó Lionel.
—Eso es. Señor Fauredumont. Señores Fauredumont— se recompuso Hiram —He viajado hasta aquí con la esperanza de entablar mi propia empresa, con prometedores miradas al futuro. Pretendo crear y fundar un astillero, un nuevo embarcadero, aquí en Nueva Orleans. Y juntos, las tres familias, podriamos ser mucho más ricos de lo que ya somos— sonrió.
—Querrá decir que vosotros seréis más ricos de lo que sois ¿En qué me beneficia a mí todo esto? Pues huelo a leguas, caballeros, que lo que vais a solicitarme no es precisamente una opinión. Sino un soplo de "aire" fresco, verde, contante y sonante— sonrió perspicaz como una hiena.
—En efecto— dijo Hiram sincero —Necesitamos cierto apoyo financiero, señor Fauredumont. Sin embargo, piénselo. Esto le convierte a usted en un socio por completo, pero sin necesidad de trabajar en ello—
—Explíquese—
—Con sólo su apoyo, señor, pienso hacerle benefactor de un tercio de la empresa. Creame, estoy realmente entusiasmado e ilusionado por llevar a cabo mis proyectos. Desde pequeño, siempre he soñado con ser dueño de un negocio. Poder dirigirlo, que mi nombre se asocie inmediatamente a algo que permita ayudar a la gente. Mi ilusión es poder transportarles, como me han transportado a mí. Como seguramente le transportaron a usted, o a su familia. Discúlpeme si soy demasiado observador, pero Fauredumont no es un apellido muy americano— Eliette soltó una risilla ante el apunte de Hiram y eso le animó. Con un semblante alegre, prosiguió —Sé que Nueva Orleans ya cuenta con un muelle ¿Pero cuenta con el poder suficiente? Si nos unimos, podemos abarcar toda la orilla sureste de los Estados Unidos ¡Y quizá en el mañana toda la costa Este! ¡Y la Oeste! Nuestros barcos se apostarían en cada bahía de paises extranjeros y no solo eso...— afiló la mirada, brillante, soñador —Barcos más pequeños, con una tecnología y mano de obra especializada, para navegar sin peligro por ríos como el tan querido Mississippi y tantos otros que pueblan este bendito país y los vecinos. Todo esto, por supuesto, con su correspondente ganancia y un transporte completamente gratuito de sus productos tabacaleros a diversos lugares del mundo. Se olvidaría por completo de cuotas de exportación e importación, señor. Es, de hecho, lo único que le causa gastos, si no me equivoco. Y al no disponer de flotas propias tiene que esperar a barcos mercantes mientras que con Bayou River Shipping Company dispondrá de todo cuanto quiera, cuando requiera— acabó y respiró.
—Veo que usted tiene pensado ya hasta el nombre de la compañía— dijo con suma calma Gerard.
—Debo decir que su esposo, señora Clay, es bastante locuaz. Casi podría dedicarse a la venta ambulante con esa verborrea— sonrió y Lauren le devolvió la sonrisa.
—Quizá le falle el detalle de que el Bayou no es un río, señor Clay—
—El diablo está en los detalles, señor Fauredumont— asintió —Todo requerirá tiempo, por supuesto. Y el bayou es uno de lo que más tiempo requerirá—
—¿Es que piensa talarlo y hundirlo para hacer de él un muelle?— rió el patriarca Fauredumont, aunque la seriedad y la mirada cómplice de Hiram le hacía pensar que había dado en el clavo —Santo Dios... Perdóneme ¿Pero ha perdido el juicio?—
—Preferimos llamarnos visionarios ambiciosos— se sumó Bartholomew dando un sorbo al vino.
—El mundo no avanza sin ambición, señor. Llamaron loco al hombre que quiso cruzar el mar. Llaman loco al hombre que asegura que podrá volar como un pájaro—
—¿Y qué será lo siguiente, señor Clay? ¿Barcos al sol?— se mofó
—¿Y por qué no?— sonrió Hiram —Si nos asociamos con la gente correcta, podríamos lograrlo—
—Es de locos. Perdóneme, pero es así. De locos. Es un negocio complicado que hay que meditar— esclareció el anfitrión.
—Lo comprendo perfectamente— asintió Hiram —De verdad que sí. No esperaba una aceptación inmediata. Ni tan siquiera yo lo acepté al momento—
—Ni yo— agregó Barty.
—De momento... terminemos de cenar. Y luego hablaremos en más detalle— tomó la copa y la alzó en señal de brindis.
—Salud— pidió Hiram por todos. Y sus ojos, sagaces, se clavaron en Diane nuevamente. La chica miraba atenta a su hermano mayor, sin embargo, pues Lionel se mesaba muy distraidamente la recortada barba sumido en ideas propias sin dejar de sopesar a Hiram y Bartholomew...

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